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20141029

Décimas recicladas



Rompiendo de nuevo el hielo
de mis manos congeladas
la pluma paralizada
despierta, como el anhelo
de verte otra vez, mi cielo,
dormir contigo en tu cama,
de quitarte la piyama,
cobijarte con mis besos,
acariciarte los huesos,
quemar mi lengua en tu flama.

Desde tu cama a la mía
el mal de ausencia me sigue,
en mi bruma se percibe
cual grito que cada día
aumenta, y que me guía
hasta una zanja en el suelo
donde caigo, donde duelo,
y sólo tu voz soñada
surgiendo desde la nada
puede salvarme, mi cielo.

Un flagelo que me habita
y que me roba el aliento
que me nubla el pensamiento
y que mis manos agita
siento en mi pecho, chiquita,
como el día que en el marco
de la puerta de tu cuarto
te besé por vez primera,
mi corazón se acelera,
me derrito, soy un charco.

Te escribo por no pensar
que estamos lejos, mi vida,
por no dejar que, transida,
el alma en hondo pesar
se permita imaginar
cómo sería perderte,
imaginar que la muerte
es dulce si tú no estás,
imaginar que te vas
y me dejas a mi suerte.

En estos días no puedo
pensar en ti sin dolor
pues la distancia, mi amor,
me ha amarrado como puerco.
Prendido de tu recuerdo
visito de nuevo el lugar
al que me quiero mudar
y pasar mil noches tiernas:
donde se anudan tus piernas,
y a tu lado dormitar.

20090708

De lo nuevo


Calientito, recién salido del horno, les dejo este poemilla que actualiza y resume mi vida las dos últimas semanas y media:



Frío, yerto, con los ojos semicerrados
recorro los espacios entre un camión y otro
una parada, los taxis, banquetas sucias;
mi cama y el trabajo, dicotomía tonta
de los días que antes eran míos.
Camino sobre las ganas de hacer
por no dejar de hacer, las ganas de antaño,
del adolescente que soñaba y hablaba alto,
del niño que miraba antes de hablar
y entendía al mundo como es:
Un dibujo roto, deslavado,
contruido con trazos gordos
como gajos de naranja,
violento, convulsivo y palpitante.
Nunca el mismo.
Cabicerrado, hombrosbajo, paticansado,
recorro las calles como un sueño
que cobrara sustancia y caminara.
Y pienso. Desde las tinieblas pienso.
Tras la cortina de humo, atisbo al mundo,
y pienso. Con ardor en los ojos pienso.
Con calambres en las pantorrillas pienso.
Pienso en lo que no tengo y que tendré.
Pienso en la luz del futuro.
Nunca el cansancio supo tan dulce
(a excepción, claro, del ir y venir,
suave, cansancio del sexo).
Pero aun en el cansancio
soy más yo que el yo de cuatro años atrás.
Más yo que el yo que habla bajito;
que el yo que asiente y calla.
Desde las tinieblas, tras los ojos lánguidos,
entre el marasmo del calor,
la inamovilidad de los días
y la inevitabilidad de la rutina


siento.

20080805

Bostezo


Más ficción:

Bostezar de nuevo. Regresar a mi trabajo. Mirar hacia fuera, entre las persianas. Sentir ganas de sentir ganas de hacer algo, allá afuera. Ir al baño, despacio, como si tuviera una gran encomienda que debe realizarse concienzudamente. Me tardo lo más que puedo, pero al final regreso. Siempre regreso. Ir por agua. Regresar al trabajo. Bostezar. Pensar en lo que haré cuando salga. No haré nada. No quiero. No siento ganas de.

Garabateo sobre el escritorio. Lo borro. Pruebo si sirven todas las plumas en una hoja usada. Leo lo que dice al reverso la hoja. Un oficio viejo. Se solicita material de oficina. ¿Para qué? Plumas tengo muchas. Se echan a perder antes que las ocupe. Además, estos días todo se hace con computadora. Inicio un juego de solitario. Inicio otro. Cierro el juego. Bostezo. Alguien me ve, bosteza también. Luego sonríe, en complicidad. Yo no sonrío. Si bosteza no tiene nada que ver conmigo.

Pido permiso. La tienda. Afuera hay sol. Fuga de agua. Una tubería rota por arriba expide una apenas brisa. Con el sol, el agua brilla y se pone de colores. Antes me gustaban estas cosas. Ahora me bajo de la banqueta para no mojarme. Camino de puntillas sobre el agua para no salpicar. Un coche pasa. Si me hubiera mojado me enojaría, pero el mojado fue otro. Yo ya había pasado. No sé cómo sentirme. Si reír o enojarme con el conductor o con la fuga. O si sentir algo. Todos los días miles de cosas pasan y sólo me entero de dos o tres. ¿Por qué debería sentir algo por estas cosas? Lo mismo da. De todos modos ocurrirán.

En la tienda no sé qué comprar. No tengo hambre. Debo comprar algo o sabrán que fue pretexto para salir. Nada se me antoja. ¿Dulce o salado? Debe ser comida porque dije que tenía mucha hambre. Si no, compraría el foco del baño. Lleva dos meses fundido. De todos modos lo compro. Me decido por unos pastelillos que comía de niño. Así al menos me los comeré con un poco de café. A ver si se me quita el sueño. Bostezo otra vez.

Regreso. El café, los pastelillos. Pero bostezo otra vez. Miro el reloj. Regreso a trabajar. Entrecierro los ojos. No me doy cuenta el momento en que me quedo dormido. Despierto con sobresalto. Nadie lo notó, o eso parece. Pienso en mandar un mensaje de texto con mi celular. No tengo nada que decir a nadie. No tengo ganas de salir, mejor no mando nada.

Busco bostezar en el diccionario: Hacer involuntariamente, abriendo mucho la boca, inspiración lenta y profunda y luego espiración, también prolongada y generalmente ruidosa. Es indicio de tedio, debilidad, etc., y más ordinariamente de sueño.

¿Qué será lo mío? ¿Tedio? ¿Sueño? Decido que, como ya van varios bostezos, son la mitad y la mitad. El primero por tedio. El segundo por sueño. El siguiente por tedio, y así. Bostezar, bosquejar, bosque, voz.

Si proyectar planes me sacara del tedio... Pero no me contenta ni pensar en lo que prepararé para cenar o lo que habrá en la tele. Tengo la boca seca. Me inclino sobre mi escritorio. No estoy aquí. No me vean. Estoy; en ningún lugar. No existo y mi conciencia se separa en miles de partículas luminosas. No me vean. Bostezo. El olvido.

Lo único que quiero, aparte de irme o de dormir, es subir a la azotea. Sólo estar ahí, sin pensar. Sentir el viento. No ha pasado ni medio día. La azotea. Desde que un pobrecillo se aventó de ahí no nos dejan subir. No todos somos suicidas aquí, aunque bien podríamos serlo con esta luz amarillenta. No lo conocía. Es decir, me llegué a topar con él en el baño, pero nunca platicamos. Trabajaba en otra oficina. Lo veía pasar cuando subía a fumar, después de comer. Yo no fumo. Eso tal vez me serviría para pasar el rato. Nota mental: empezar a fumar. Que no sean Marlboro, no soy vaquero.

Dolor de espalda. Mala postura. Malos escritorios. Bostezo. Vuelvo al trabajo. Me asomo entre las persianas. Afuera hay sol. Pronosticaron lluvia para esta tarde. Traje mi sombrilla. No parece que vaya a llover. No con este sol. Pero traje mi sombrilla. Ojalá llueva. Odiaría cargar mi sombrilla para nada. No me importaría mojarme los pies un poco, con tal de que llueva. Debí pasar la mano por la fuga de agua. Era un chorro disperso, fino.

Voy al baño otra vez. Desde la ventana sólo se ve el cubo de la escalera. Bostezo tan fuerte que me salen dos lágrimas. Un chocolate. Debí comprar un chocolate. Regreso a mi lugar. Tal vez rente películas. Total, luego no hallo nada bueno en la tele. Una ensalada. Eso cenaré si es que alguna vez salgo de aquí, si no me muero del aburrimiento. O si no se me rompen las quijadas de tanto bostezar. Bostezo.

Si llueve el chorro de agua ya no se verá igual. Si el día que se suicidó comosellame hubiera llovido, a lo mejor no habría subido a la azotea. Y yo podría subir so pretexto de fumar: “ya fumo, ¿no lo sabías?”. Ojalá llueva. Bostezo.

20080620

Eróstrato


Me sorprende la indiferencia con que el grueso de la gente mira con desdén al fuego cuando es pequeño. Aún las llamas más débiles queman igual, si bien una superficie menor. De no haber las condiciones necesarias, no hay fuego, pero cuando lo hay, no hay fuego que queme poco, que arda menos, o que no pueda crecer si se le alimenta primorosamente.

En esto nos distinguimos de Él los humanos; nosotros sobrevivimos en las condiciones más míseras o, incluso, cuando no las hay, lo que provoca que perdamos la dignidad (sea o no nuestra culpa) y que perdamos la propia condición de humano. Si el fuego no puede subsistir, simplemente no lo hace.

De niño me disgustaba enormemente no poder sostenerlo en mis manos, y no me refiero a las quemaduras, ésas nunca me han importado, sino a su carácter inmaterial, el agua, por huidiza que sea, puede sostenerse en las manos por un momento y, puesta en un recipiente que la contenga, se advierte su resistencia al penetrarla, se siente su densidad, su peso. Pero al fuego no se le puede cargar, no a menos que se alimente de la carne propia; no se puede tomar una llama por la cabellera y levantarla, mientras preguntamos “¿qué planeas, pequeña?”. Tampoco se puede constreñirlo a un envase y almacenarlo, guardarlo para un día de frío o de ocio. No tiene peso, no tiene densidad, al menos no que se pueda percibir con los sentidos del humano. El fuego es energía, no materia.

El agua y el fuego han sido puestos como elementos contrarios. El agua tiene materia, el fuego no. Es como si el aliento de un hombre se enfrentase (y diera una buena pelea, además) a un desaforado gigante. Y siempre he estado (aunque al lector le resulte difícil creerlo) del lado de los débiles, pues mi convivencia con el fuego no ha hecho mas que mostrarme la debilidad de la carne, lo fútil de mi materia de humano.

El fuego se parece a nosotros en su inevitable dependencia de los demás y de los estímulos externos, que nos rebasan (a Él y a nosotros) y que no pueden ser evitados por un simple acto de voluntad inamovible. Por ello, cuando alimento un fuego (ya sea con los combustibles adecuados o con mi propia carne) me siento bien conmigo, como un mesero que atendiera un banquete para dioses, y al final, a escondidas, probara las heces de la ambrosía, o mejor, como Anquises después de yacer con la mismísima Afrodita.

Si el agua limpia, el fuego purifica; permite un nuevo inicio, es augurio de reconstrucción y de la siembre nueva. En el agua nos disolvemos, en el fuego, nos consumimos. Los muertos por agua ofrecen un cariz espantoso, los muertos por fuego, cuando arde bien, no tienen aspecto mas que de polvo negro, su grasa se evapora y quedan sueltos algunos trozos de hueso necio. Y ya basta con estas analogías ociosas, sólo agregaré que Juan el Bautista dijo de Jesús que, a diferencia suya, Él vendría bautizando con fuego. Permítaseme una más: Dios es representado en ocasiones como un torbellino de fuego.

Así, en Él se intersecan lo nuevo y lo viejo, la vida y la muerte, es tan referido que, seguramente lo que digo tiene una fuerte (o tal vez tangencial) resonancia a lugar común.

Déjenme replantearlo en términos menos comunes.

Del fuego soy y al fuego regresaré. Las salamandras entrarán en mi boca abierta. Del fuego soy. Las llamas que viven en mi pecho por fin se alzarán, jubilosas. Al fuego regresaré. Y la muerte no me alcanzará, el fuego es vida y en él renaceré. Lo del fuego al fuego. Mi ser terrenal se evaporará, sólo mi ser divino sobrevivirá. Del fuego al fuego. Una vez purificado seré invencible. Del fuego soy y a Él regresaré.

20080429

Entrada para la que Armandís de Mina no tiene nombre (todavía


Este texto de ficción lo acabo de escribir escasos minutos ha. No tiene título, pero se aceptan sugerencias:

“Sé que no soy perfecto. Estoy consciente de ello. Por ejemplo, nunca uso cinturón negro con zapato negro, sino café. Sin embargo, éste es un error menor y estoy al tanto de ello. A estos “errores recurro para no sentirme superior, el hacerlo me alejaría de lo perfecto.

Hay, no obstante, otros errores, manías y demás, que con el tiempo he notado y que me han llegado a preocupar. Uno de ellos es el inefable uso de la palabra inefable, a pesar de que desconozco su significado, pienso que de buscarlo en el diccionario, la palabra perdería su encanto, yo caería en mi error y jamás la volvería a usar (porque así soy, y es una lástima, en verdad es una palabra preciosa. Digo, por ejemplo, “qué inefable mañana, y mi rostro se ilumina con el primer rayo del sol, como si fuera el primer amanecer de la humanidad. A mis amigos en la oficina, bueno, compañeros de trabajo, exclamo: “qué café tan inefable, y me solazo de la falta de respuesta, ellos, sin duda, no saben de qué hablo, mi intelecto me pone en un escalón por encima de ellos, un escalón, por demás, inefable.

Otro de mis hábitos, acaso más molesto, incluso para mí, es mi inefable costumbre de olvidar cerrar las comillas y los paréntesis, me ocurre que releo mis relatos de ficción y a veces me confundo, pues no se en qué momento termina la cita o en todo caso, a qué se deben las comillas o paréntesis.

A veces me pasa que mi interminable monólogo interior irrumpe en el exterior y digo cosas sin sentido aparente para mis interlocutores, lo cual puede resultar bueno o malo para mí, dependiendo de lo dicho y de la ocasión. Decir “calcetines azules durante el almuerzo (como en la oficina, a lo mucho, me vale el adjetivo de excéntrico, raro, o iconoclasta. Decir “pedo, pipí, popó, moco, caca, durante una importante junta (oh sí, las tengo a cada rato, me vale, además de un regaño y la cara de extrañamiento de mis superiores, el inefable adjetivo de “maniaco. Esto lo atribuyo a la rapidez con que trabaja mi mente, por lo que no es del todo malo.

Me preocupan más, por decir algo, la súbita urgencia de rasurar mis cejas (nunca lo he hecho, pero he sentido la necesidad. La extraña insistencia con que algunas ideas malsanas se fijan en mis mientes e, inefables, no puedo extraerlas. Verbigracia, las ganas de patear niños pequeños en la cabeza, pero sólo en jueves, o usar calzones apretados cuando salgo por las noches, para tener un pretexto y regresar temprano a casa.

El otro día, desprovisto de vello genital, me expuse en un balneario, el cual se halla a no menos de seis horas de viaje en carretera. La sorpresa de los padres fue mayúscula, y la mía, también. Fue un acto reflejo y aún no sé a razón de qué lo hice.

La otra noche le di un manotazo en la nuca a la mujer con la que salía, a mi favor diré que en el momento pensé que sería una buena forma de probar si estaba interesada en mí: si a pesar del golpe, seguía conmigo, lo estaba; si después del golpe se iba (que fue lo que hizo, entonces no valía la pena seguir saliendo con ella. No sé cómo se me ocurrió, pero es un razonamiento perfectamente lógico e inefable.

En ocasiones me da por contar, por ejemplo, los vellos de mi brazo. Si lo logro, algo bueno ocurrirá con la humanidad, y si no, pues tragedias. A pesar de mi empeño, no he conseguido éxito en esta, la más difícil e inefable de mis empresas, al día siguiente observo, con pesar, las noticias.

Soy amigo de los placeres simples, mis días están llenos de pequeñas dichas y esto equilibra los sinsabores, en las mañanas, por decir algo, me gusta oír mi propia voz, ronca por la falta de uso, exclamar cosas como “qué inefable mañana, y mi rostro se ilumina con el primer rayo del sol, como si fuera el primer amanecer de la humanidad. Esto lo hago, además, porque el sonido de mi voz me indica que amanecí vivo. Morir de noche y que nadie oiga (o ni siquiera poder pronunciar mis últimas palabras, me aterra hasta el llanto.

Algo de lo que no me había percatado, hasta que alguien me forzó a ello, es que repito frases e ideas como si no las hubiera dicho o formulado ya, en la oficina, dicen, siempre cuento los mismos chistes y anécdotas. Esto de los chistes lo hago, no porque me agrade, sino para mezclarme y no llamar demasiado la atención. Por lo que estas “repeticiones, si es que las hay, en realidad me tienen sin cuidado.

El catastrofismo es una de mis tendencias, los pensamientos funestos son el pan de mis días, sé que puedo morir en cualquier momento, un edificio que se colapsa desde sus basamentos, un cliente inconforme, una maceta mal puesta en un balcón, una jauría de perros rabiosos, un motociclista que use las banquetas en vez de la calle, un súbito entumecimiento del cerebro, un tiroteo, todo lo anterior, en un repaso rápido, es una pequeña muestra de muertes inesperadas que me acechan en cada esquina.

En ocasiones, mi interminable monólogo interno se hace externo y digo cosas sin sentido para mis interlocutores, lo cual puede ser bueno o malo, según lo dicho y de la ocasión. Decir “de Cocula es el mariachi durante la comida (almuerzo en la oficina, me vale el adjetivo de excéntrico o chistoso. Si en cambio digo “que se mueran todos menos yo durante una junta importantísima (oh sí, siempre estoy en una, me vale apenas, un jalón de orejas, aunque a mis espaldas murmuran “loco. Esto lo atribuyo a la rapidez con que trabaja mi mente, por lo que no puede ser tan malo.

A veces me figuro que estamos en un libro, que las situaciones son ficticias y que mis acciones pueden repercutir inefablemente en la trama principal, pero me preocupa que mi historia no es la principal (siempre me ha caracterizado la humildad. Cuando este sentimiento me abruma y la creciente angustia de la no titularidad me sofoca, incurro de manera consciente en actos que únicamente podrían calificarse de “raros. “Esto me es lícito, pienso, pues es la única forma de acabar con esa inercia de la atmósfera libresca en que me sumerjo a veces. Sin embargo, procuro que nadie me vea. Los actos raros consisten en caminar como pato, hacer pedorretas con la boca, acariciar lascivamente alguna de mis partes pudendas, y cosas por el estilo. Esto siempre funciona, y cómo no habría de hacerlo, se imaginan que, por decir algo, en la Biblia (nunca la he leído, se dijera “entonces Abimelec reprendió a Josafán, y Josafán caminó como pato, mientras hacía pedorretas con la boca, eso sin duda sería una ruptura en el relato.

También dejo las cosas incompletas, inefablemente, como aquella vez en que una amiga me dijo

20080124

Donde el caballero se atreve a rimar como lo hiciera Espinel, con los resultados que se verán *UPDATE*


Sí señores, señoritas, mi osadía ha sido tanta que incluso he incurrido en la rima, múltiples veces, con resultados no tan buenos, sólo digamos que no todos los poemas rimados que he escrito son sujetos viables de publicación. Uno que otro soneto podría decirse que no me causan una pena absoluta, tal vez algún día se los enseñe a alguien. De lo que me siento medianamente orgulloso, hablando de rima, es de mis décimas; éstas, cuando menos no me avergüenzan.

La décima espinela toma su nombre del poeta y vihuelista español, Vicente Espinel, y se ha cultivado con especial esmero en el son jarocho; sé zapatear, pero estoy fuera de práctica y no viene al caso.

La décima, como su nombre indica, se compone de diez versos de ocho sílabas y con estructura de rima abbaaccddc. Esto es, que el primer verso rima con el cuarto y el quinto, el segundo con el tercero, el sexto con el séptimo y el décimo, y el octavo con el noveno.

Ahora, para mis dos lectores y mis dos lectoras, unas cuantas de mis décimas, creo que no tienen nombre, y tampoco hallo la fecha, en todo caso son anteriores al año 2000.

Me es difícil quererte
en esta cruel agonía
me consumo día a día
por el mal de no tenerte
de todos los días verte
y no poderte besar.
Cuando siento tu mirar
en mis ojos siento que
me muero y yo ya no sé
cómo dejarte de amar.

Puesto que no te he hecho daño
no pido que me perdones,
y también, si no te opones
te querré todo este año
no te vas y ya te extraño
se va a ir contigo mi vida
pues mi sangre confundida
con tu risa, con tu eco
dejará en mi vida un hueco
por tu eminente partida.

Quisiera saber yo cuándo
voy a dejar de adorarte
y tan sólo a recordarte
cual sueño sutil y blando;
a dejar de estar soñando
el delirio de tenerte,
de querer pertenecerte
y no sentirme rechazado,
como objeto abandonado
o como un niño a su suerte.

No sé por qué permitiste
que anidara la esperanza
si mi pasión no te alcanza
si mi amor se te resiste
sin quererlo me perdiste
en un mundo de locura
pues si el deseo perdura
en mis sueños delirantes
serán eternos instantes
los que dure mi tortura.


UPDATE:

A petición de don polo, incluyo bonito y creativo collage de don armandís de mina aprendiendo a bailar son jarocho.

Chin chin el que se ría

20070824

Regreso



¿Ya llegaste?
¿encontraste los peces vivos?
¿y la cama tendida?
los zapatos bajo ella,
(sin polvo o con él)
todos los aparatos desconectados
(mi fantasma vagando,
flotando entre
la sala y la cocina).

¿Abriste ya la puerta?
¿te topaste con las plantas...
no obstante verdes?
y cucarachas muertas,
y hormigas regadas
en el piso de la sala
(en este estado
no puedo barrer).

¿Todavía prenden los focos?
¿las puertas rechinan?
Las llaves del gas
están cerradas.
Notarás que no hay
trastes sucios,
y que los ceniceros
están limpios,
que hay café en el bote
(espero todavía fresco).

¿Qué día es hoy
que regresas?
Todas mis libretas
están en orden
y mis poemas también
(cronológicamente)
los espejos cubiertos
(no me gusta verme así).

Si vas al baño
las cortinas limpias
te darán la bienvenida
con los jabones nuevos
y la tapa abajo
y el tubo de pasta
bien tapado
y mi rastrillo sin vellos
y la jerga extendida
y todo como te gusta.

Tu ropa doblada
junto a la mía ídem
en nuestra cajonera.
El clóset cerrado,
de caoba y cristal
que mandé a hacer
para que combinara
con tus ojos.

Si sales al patio
notarás que no hay
bolsas de basura
(las tiré antes de irme)
y en la rama grande
del fresno,
no te espantes
al verme colgado
mi cuello roto,
mi cabeza colgando,
los pies colgando,
las manos colgando,
la lengua colgando,
mi pene colgando;
¡Que bueno que regresaste,
y encontraste todo como querías!


Julio, 2002; Xalapa

20070820

De cómo el caballero Armandís de Mina recuperó el favor del Olimpo y colaboró con Artemisa


Hace unos meses Artemisa(en noviembre de 2006) publiqué un post en el que hablaba de mis desaveniencias con lo griego, o más bien, de cómo lo helénico no se me da. Para los lectores nostágicos y hermeneutas, puede leerse acá.

Ahora parece que dicha reyerta ha sido superada, al menos en parte, ya que he colaborado con el Olimpo, más específicamente con Artemisa, hija de Zeus y Leto, hermana gemela de Apolo.

Sí, mis avezados lectores, el post de hoy deben buscarlo en
Desde el Olimpo, blog amigo que ya desde hace varias semanas se encuentra entre mis links y mis favoritos.

La colaboración en cuestión es un cuento, inédito por el momento, próximo a publicarse en Los humos del Café, hasta donde tengo entendido. El título es "
Medusa o de la movilidad de las piedras", los invito a leerlo y a conocer el blog de Artemisa, quien tan grande merced ha concedido a este simple mortal.

20070611

De la jamás oída y vista aventura que con harto peligro fue acabada por el caballero Armandís de Mina e incluye paquidermo


Todo lo que narro en este cuento me pasó, salvo uno que otro detalle, por ejemplo, la novia mencionada es tan ficticia como el elefante. Lo demás, la multa, la arbitrariedad, el inspector, la seño y la burocracia fue cierto. Todo por tirar la basura cinco minutos antes de pasaran tocando la campana

Pasear al elefante

Pues sí, saqué a pasear a mi elefante mucho rato después que hubo pasado el camión de la limpia pública, pero ¿qué quiere que haga?, si a mi animalito no le dan ganas de hacer del cuerpo sino hasta después de las cinco.

¿Importa mucho lo que le dé de comer? Sí, le doy Bran Flakes, por eso su organismo funciona como relojito, ajá, debería dárselo al suyo, la sustancia en cuestión toma consistencia y puede ser levantada fácilmente con una bolsa de papel de estraza. No, todavía no aprende a usar el cajón de arena; tres años; ya sé que debería, mas no he tenido tiempo de enseñarle.

Usted trate de estudiar, trabajar, y aparte criar a un elefante, a ver si le quedan ganas de hacer algo, sí yo le digo. No, no me refiero a eso, es que tengo muchas responsabilidades, ya sé, déjeme defenderme, para eso vine, ¿no? Yo no me había comprado uno porque sabía que no iba poder educarlo, pero me lo regaló mi novia. Sí, además de todo tengo novia, pero no puedo deshacerme de él, es algo así como nuestro elefante de compromiso.

Bueno, la cuestión es que si no lo saco a las cinco ya no lo saco porque me voy al trabajo, mesero, el Café Jolie, descanso los lunes. Le decía que me voy al trabajo, y si algo sabe mi animalito es que no debe aliviar el vientre en la casa, se aguanta, y cuando llego en la madrugada está así de bizco por las ganas, le escurren unos lagrimones por sus ojillos pizpiretos, apenas puede caminar y termina haciéndose en el umbral.

Y a esa hora, en la que un solo pensamiento, más bien una como necesidad, un deseo atávico me grita ¡cama! ¡cama! No sea mal pensada, o sea que a esa hora lo último que quiero es limpiar popó de elefante y lo que más, dormirme, y no, no vivo con mi novia.

Además, yo coopero tal cual es mi obligación como ciudadano responsable, consciente y votante; también pago la cuota de levantamiento de heces paquidérmica, ¿cómo?, ¿ese fondo es únicamente para los elefantes callejeros? ¿yo cómo iba a saberlo? Sí, sé que si saco a mi elefantito después del paso del camión, ahí se queda la gracia hasta el día siguiente.

Cuando recogen la “cooperación voluntaria” dicen que el camión hace su recorrido a las seis, yo no tengo la culpa que sean tan puntales y pasen a las cuatro, no, no me quejo, es que no cumplen lo que dicen.

De lo que sí me quiero quejar es del inspector de asuntos paquidérmicos, en el acta que me levantó se lee “previa identificación” y se solicita a dos testigos para que sea válida. Nada de eso pasó, de ser yo otra persona, no le hubiera dado mi nombre verdadero, ya que no se molestó en identificarme previamente ni en identificarse, sí no traía credencial. Súmele que el acta no se levantó en mi domicilio, como ahí dice, sino en plena calle, a la vista de todos los vecinos, es decir, sí había testigos, sin embargo no figuran los nombres ni las firmas de ninguno.

Por otra parte, el señor (inspector) vio que mi elefante tenía toda intención de hacerlo ahí mismo, en su carota, bueno, enfrente de él, y no me dijo nada. ¿Qué pasó con aquello de la prevención? Es como si un policía esperase a que maten a alguien para poder arrestar al asesino. Su deber era advertirme que estaba cometiendo un ilícito, que estaba faltando al artículo 38 fracción 47 del reglamento de S.L.P.* ¡y no esperarse a que la cagara para levantarme un acta! ¿Cómo que quién? ¡A que la cagara mi elefante y de paso yo y su inspector y su pinche burocracia! ¡Coño!

Yo me regreso a Minatitlán, ahí uno puede pasear a su elefante a la rejodida hora que uno quiera y no hay que cooperar porque es la obligación del municipio, y no recojo las cacas porque ahí todavía hay calles sin pavimentar, y no, ¡no estoy enojado!, ¡estoy encabronado!

¡Ya me está cansando este asuntito de las mierdas de mi puto elefante! ¿Pues qué quiere que le haga?, ¿que le ponga un chingado corcho? ¡Como si hubiera uno de su tamaño!

Mire, ya póngame la recochina multa y olvidémonos de la cuestión, y no se le ocurra sugerirme que podemos arreglarnos de otra forma, porque eso sí, podré descuidar todo lo que quiera a mi pinche elefante cagón, pero no me prestaré a esos jueguitos corruptos que dañan más a la sociedad que la caca de elefante. No, no estoy exaltado, ya le dije que estoy encabronado, nunca había tenido un problema de este tipo; ya póngame la infracción o lo que sea.

¿¡Qué?! No señorita, usted no me puede embargar a mi elefante, mi novia se pondrá furiosa, ¿no nos podemos arreglar de otra forma? ¡El camello se va a sentir tan solito!

*Saneamiento y limpia pública, no San Luis Potosí. N. del Abogado.

________________________________________

Actualización, 12 de junio


El cuento lo escribí en algún momento durante segundo semestre, o sea en 2001, no hay fecha, pero el original tiene notas de Marco Tulio Aguilera Garramuño al margen. Su taller de creación fue en segundo semestre y yo vivía en Xalapa 2000. Recuerdo haberlo publicado en el entonces Semanario Sotavento, pero mi amigo Pablín dice que no. En fin.

20070528

En el que el autor comparte Muletas


Había dudado si compartir este poema, pues es de los más íntimos que tengo, pero he entendido que no hacerlo sería una hipocresía: si me iba a resultar tan difícil compartirlo, no debí escribirlo. Finalmente de eso se trata la escritura. Además ya salió en el periódico

Está dedicado a mi abuelo, que fue la primer pérdida sensible que sufrí. Muletas alude a la enfermedad que se lo llevó poco a poco, la diabetes. Primero le amputaron algunos dedos de los pies, por la gangrena, después un pie, el otro, una pierna, la otra. También es un canto a mi niñez, que no fue tan mala despúes de todo. La foto se las debo, aviesos lectores, pues acá en el trabajo no tengo de mi abuelo. (Actualización: va la foto)


Muletas

¿Qué fue de las tardes?
las dormidas-estáticas
que pensamos, no se irían.
¿Qué fue del juguete?,
¿del correr rabioso?
¿la piedra, el palo
y la naranja verde
atravesada por una espina?,
¿el olor del azahar
sucio entre lodo y pasto?

¿Qué fue de la mecedora
en el pasillo soleado?,
¿los baños con manguera
y el agua fresca
en los pies desnudos?
¿Qué pasó con las muletas
de mi abuelo?
¿Qué fue de los teteretes
y los chinchirrines,
qué de las campamochas
de grandes ojos vigilantes?

¿Qué fue de las largas
navidades familiares?,
el árbol sepultado
entre adornos y regalos.
La mesa puesta;
¿y las muletas de mi abuelo?
¿Qué fue de su barba rasposa
y de su cabello
peinado con olorosa brillantina?

¿Qué pasó con sus
camisas blancas,
y sus ojos tras los lentes
y su olor a talco?
¿Por qué no puedo
recordar a lo que olían
sus pañuelos?

¿Qué pasó con la mesa baja
en que me subía para abrazarlo?
¿Qué fue de la guayas,
las guanábanas?
¿Qué fue de sus hombros
marchitos, pero fuertes?
¿Qué de sus manos
grandes y pecosas
y rudas, pero frágiles?

¿Qué fue de mis brazos
anudados en su cuello?
¿Qué fue de las noches frías
con chocolate y pan?
¿Qué fue de la silla
de mi abuelo?
¿Qué fue de mí y de él?
¿Es que mi niñez
se incineró en Veracruz?
¿Qué fue de sus cenizas
en Roca Partida?
¿Y las manzanas en la playa?
¿Por qué nada de esto
me pertenece ya?
¿Y por qué el niño
me parece tan lejano
como las muletas de mi abuelo?

20061227

Sobre el regreso a Mina con cuento inédito

Sea este el último post del año, mañana parto a Mina, pues se me informó que un endriago causa males y asola a mis conciudadanos. Dicho sea de paso, me servirá como ejercicio y estiraré mis rodillas rechinantes. Como beneficio adicional, pasaré año nuevo con mi familia, que hace mucho tiempo no se da un buen banquete con carne de endriago.

Sin embargo los dejo, desconsiderados lectores, en compañía de un cuento de reciente manufactura que tiene la cualidad adicional de ser inédito, cuyo nombre es "Que escriba o no es accesorio" y lo hice el 23 de mayo de este moribundo año, según lo revelan mis anotaciones al margen. Espero que, si no lo disfrutan, cuando menos tengan la paciencia y el temple para leerlo todo.


Que escriba o no es accesorio



Que escriba o no es accesorio, me dijo. Al principio pensé que bromeaba, así que sonreí como en complicidad, después de todo yo tampoco me acuerdo la última vez que escribí, no recuerdo si fue una carta, un cuento, una queja a la gerencia del supermercado, nada. Después, al notar su gesto de incomodidad, pensé que la broma estaba llegando lejos, y yo con mi sonrisota, ya dudando. Entonces dijo, El escritor no tiene que escribir, basta con que sea escritor, o con que piense en escribir, aunque no lo haga, basta con que se llame a sí mismo escritor. Lo dijo con la cara más adusta del mundo, supe entonces que era en serio.

Y esa sonrisa agridulce que no me esperaba y que siempre me agarra desprevenido; no sólo era en serio, realmente le afectaba. Traté de usar palabras reconfortantes, pero nunca he sido bueno en eso, mis cuentos –cuando escribía– eran más bien violentos, “llenos de la miseria humana, crudos hasta los huesos” como dijo un crítico, uno de los únicos escribió sobre mí.

Lo invité a un té, Prefiero café, contestó, café será. Me imaginé que bien valía la pena gastar un poco de dinero por una tarde de charla, además del intercambio de ideas y el despliegue de teorías. Me interesaba cómo un escritor puede serlo sin escribir.

Bueno, no sin escribir en absoluto, realmente no se puede, como no se puede ser papá sin tener hijos. Pero no debes olvidar que yo ya he escrito, lo que digo es que quien ha escrito aunque ya no lo haga sigue siendo escritor, me dijo.

Claro, eso es obvio, Twain ya no escribe –tal vez por la condición irremediable de estar muerto– y sigue siendo considerado escritor, rebatí. Pero Twain fue muy famoso en su época, aunque hubiera dejado de escribir –cuando estaba vivo, chistosito– se le hubiera seguido considerando escritor, me espetó.

Y qué me dices de Kafka, argumenté, Desconozco si Kafka se consideraba escritor a sí mismo, pero ciertamente lo fue por las generaciones posteriores, y además, Kafka y Twain sí escribían, Lee los Diarios, Qué, Lee los Diarios de Kafka para saber si se consideraba escritor o no, ¿Y tú no me puedes decir?, No, léelos, Ese no es el caso.

Ahí tienes a Rulfo, me dijo, quien sin escribir después del Llano y de Pedro Páramo siguió siendo considerado escritor, Sí, pero Rulfo es el escritor. Rulfo alcanzó el éxito en vida, contesté. ¿Y qué diferencia hay entre Rulfo y yo? preguntó, Ja ja ja ja, ¿realmente quieres que conteste esa pregunta?, No, es retórica, respondió. A lo que voy es que un escritor de nula fama puede dejar de escribir y seguir siendo considerado escritor, Sí, solté, pero cómo puede alguien dejar de escribir y seguir siendo escritor, si desde un principio no ha sido considerado como tal, y callé enseguida, pensé que lo había ofendido, a pesar de ser verdad, pero no, Lo que pasa es que confías demasiado en la crítica, regresó el estoque.

¿Y qué tiene de malo? A fin de cuentas la crítica es la que hizo la historia literaria, y hay muchos escritores que también son críticos, me defendí. La diferencia fundamental es que no faltan escritores que también se puedan llamar críticos, pero no hay críticos que también se puedan llamar escritores. Fácil salida son los juegos de palabras que suenan inteligentes, cuando en realidad sólo son un intercambio de términos, dije, a pesar de sentir que tenía razón. No lo tomes personal, dijo, y la plática volvió a su curso.

En resumen me dijo que iba a dejar de escribir, o al menos a dejar de tratar, que viniera el cuento si quería, iba a dejar la ventana abierta, pero si dejaba de considerarse escritor, el cuento por ende no llegaría, buscaría otra ventana abierta y beneficiaría sin duda a un escritor más afortunado, aunque menos digno. Lo que de mí quería era que lo siguiera considerando escritor, había tratado por más de dos meses llevar una vida escritor, pero sentía que algo le faltaba, y apenas tres días antes había caído en la cuenta de que lo que le faltaba era reconocimiento externo, que alguien más pensara que es escritor, si no el potencial cuento olería sus intenciones desde lejos y ni se acercaría.

A ver a ver, ¿cómo está eso de llevar vida de escritor? ¿a qué te refieres? interrogué, Pues a la bohemia, a la melancolía, al sentido oculto de las cosas, ¿O sea, que si no soy bohemio, triste o místico no soy escritor? rebatí, No puedes tipificar al escritor por un modelo romántico –y digo romántico en toda la extensión de la palabra–, decimonónico, anquilosado, generalizado, y totalmente un lugar común, tú, que tanto huyes del lugar común, ¡te has vuelto uno!

Mira, no me refería a eso, se defendió flemáticamente, tu sabes a lo que me refiero, he ido –como espectador y como participante– a conferencias, mesas redondas, presentaciones de libros y hasta recitales, Pero eso tampoco hace al escritor, interrumpí, Digo, he realizado las cosas que hacía cuando escribía, prosiguió, le dije Aun así, si has conducido tu vida social por “normas” sobre las cosas que un escritor debería hacer has hecho mal, ¿cómo conciliar, por ejemplo, la vida que llevó Hemingway y la que llevó Kafka? ¿Cómo pensar entonces que uno, audaz y temerario y otro, cobarde y enfermizo, son escritores? Entonces me conminó a no ser tan duro con Kafka ni con él. Cierto, concedí, Kafka no era cobarde, ni Hemingway valiente si pensamos en el fin de ambos.

Además ¿qué es eso de los cuentos voladores que entran por las ventana?, Es sólo una figura, respondió ya hostil, Que ni siquiera es original, suena a canción de los Beatles, ¿y si escribes de esto?, le dije en tono conciliatorio, escribe sobre esto de ser escritor sin escribir, No, me respondió, ya no sería escritor sin escribir, porque estaría escribiendo, ¿no? No respondí. Escribe tú, escríbelo como ensayo, o como cuento, u obra de teatro, o poema, no me importa. Y yo callado, ciertamente no me interesaba recoger historias ajenas, él podría comentar más tarde, “ese cuento se lo sugerí yo” ni quería que notara mi verdadero interés, mal disimulado.

¿Sabes? Creo que más que una vida social de escritor he llevado una vida interna, todo lo narro, relaciono personajes entre sí, busco hilos narrativos en todas las cosas, proyecto mis preocupaciones en los rostros de otras personas, todo el tiempo escribo en mi mente, observo y caracterizo el comportamiento de la gente en la calle, en el camión, y hasta hago apartes como en el teatro.¿Y no te pones calcetines en la mano e improvisas diálogos? bromeé. Entonces me aburrí, miré fijamente al señor Calcetín, y me lo quité de la mano discretamente, esperando que nadie haya notado en la oscuridad del café que platicaba con mi mano.

20061204

Donde el autor habla poco pero sacacorcho


El poema que sigue (sacacorcho), lo escribí en la oficina, en dos tiempos. Lo empecé a escribir el 2 de agosto de este año, primero hice una analogía entre la pareja y la patria, y se llamaba, ¡oh sorpresa!, Patria. Por fortuna recapacité y lo dejé pendiente. En una posterior lectura me pareció un poco malo y lo volví a dejar pendiente. A mediados de octubre cambié algunas cosas y le di otra orientación. Permaneció algo de la idea de la amada como casa, pero creo que logré quitar lo malo. Tal vez no es un poema muy bueno, tal vez pudo quedar mejor, pero me gusta pensar que no es demasiado malo, que es propositivo y que la forma evoluciona junto con el fondo. Lo que más me gusta imaginar, es que el final es hasta bueno.






sacacorcho



Erijo mi pan sustento,
mi sal y vino, mi casa,
mi habitación soleada
con cortinas de colores,
mi cama con cuatro postes,
en el hueco de tus manos.

En el hueco de tu pecho
las marchas serán constantes
y los desfiles diarios,
habrán de repartirse
despensas a cada rato,
para mi solo consumo.

Para mí solo, tus piernas,
tu mesa, mantel y platos
los pies de tus dedos flacos,
los dedos de tus uñas, diez,
la mugre que no se ve
bajo las uñas pintadas.

Bajo las uñas, violento
desligándote en el suelo,
muerdo raudo el rojo entero,
y te trabajo a destajo.
Trabazón de tus cabellos,
tirabuzón, corcholatas
sacacorchos, abrelatas,
descorchador, sacatapas.

20061114

De cómo el autor no es agradable a los ojos de Zeus ni a los de directores generales de periódicos, con poema al final

Desde el viernes 27 de octubre me hallo incomunicado, bueno, a medias. Dicho viernes trágico la súbita suspensión de energía eléctrica por tormenta eléctrica averió mi computadora personal. Parece que Zeus no me es favorable ni le caigo bien ni nada, no les sorprenda si un día un rayo hace blanco en mi atareada cabeza. Digo incomunicado a medias pues aún cuento con computadora e internet en el trabajo. Actualmente estoy leyendo La mano de la buena fortuna, del escritor serbio Goran Petrovic, pero no he escrito nada al respecto pues la adversidad me desmoralizó.
A esto sumaré que el día de ayer, lunes 13 de noviembre, salió en Acrópolis un poema mío, sin mi nombre, por segunda vez. Lo helénico no se me da, primero me agrede Zeus y luego Acrópolis me desdeña. El primer poema en salir sin mi crédito fue “Efeméride”, aquí posteado; ahora le tocó a “Compañía”, que incluyo a continuación por los mismos motivos que puse “Efeméride”, ¡Tate, tate, folloncicos! “Compañía” es mío mío, aunque nadie quiera tomarlo. He decido dejar de colaborar, al menos por ahora, con el susodicho periódico. “Compañía” lo escribí ‘de un tirón’, como se dice, y no hallé la fecha por ningún lado, nuevamente.


Compañía

Aquí estoy, yaciente,
esperando jubiloso
el día de tu llegada,
las cortinas descorridas
los cerrojos vencidos
las luces prendidas
no hay resistencia
mas que la densidad
propia del viento,
la inercia común
de un día soleado
en esta parte del mundo
ya sea domingo o no.
Las piedras pulidas
esperan tu pisada
las ramas se extienden
para darte sombra
para alcanzarte
por ver si son brazos
con tu toque,
y las piedras manos
que sostengan tus pasos.
Ya he dispuesto la cocina
un menú soberano
y vino más aún
sin velas consabidas
sino con 100 watts
iluminando tu rostro
para adivinar cada
nuevo relieve,
luz rebotando en tu cabello.
Tengo mi agenda llena
de días para verte,
las manos repletas
de dedos para tocarte,
y la boca; ya sabrás
cuando aquí vengas
y abras la puerta
y me veas sentado
la mesa puesta
la luz prendida
el vino en la mano
y los dedos prestos
caricias congeladas
para revivirlas
cuando llegues
y te abra la puerta
y la luz puesta
y la mesa prendida
los dedos llenos
de vino y caricias
y los platos vacíos
si no te apuras
y la puerta prendida
y la mesa abierta
y la luz puesta
a descansar
pues es noche
y ya tengo otra
compañía.

20061017

Donde se habla de creación y otros temas de solaz y recreo

Parte de mi intención al abrir este blog era (sigue siendo) poner algunas cosas de creación literaria. Esto en función de disponibilidad y de tiempo. Es decir, cuando no pueda escribir algo especialmente para el blog, subiré poemas o cuentos ya publicados para no dejarlo abandonado, siempre y cuando los haya. Del mismo modo, algunas entradas se publicarán en Acrópolis, un suplemento en el que colaboro. Por ahí también hay una invitación a Tráfagos, cuando sea un hecho, retomaré el tema apropiadamente. Este poema, 'Efeméride', se publicó en Acrópolis el 9 de octubre, lo escribí, al parecer, un día en que la fecha no importaba, hace aproximadamente cuatro años:

Efeméride

Celebro hoy una fecha secreta,
el descubrimiento de tus piernas,
la conquista de tus pezones almidonados,
de tu ombligo almibarado,
el día que mi voz sin rumbo
llegó al puerto de tus deseos,
y desembarcó en tu vientre inhóspito.

Llegó por fin el día celosamente
marcado en mi calendario,
el día que hallé la medida
de tu cuerpo entre mis brazos,
y la exacta consistencia
de mis labios en tu torso,
la suavidad perdida
de mis manos en tu cintura,
y la fuerza de mis dedos
hilada en tus cabellos de despertar.

El día que aprendí a respirar por dos
y caminar con cuatro piernas,
hablar con dos voces,
pero soñar por uno,
acariciarme detrás de tus orejas,
rascarme el dedo meñique
de tu mano izquierda,
y sentir tus escalofríos en mi espalda.

El día que mi saliva surcó tus parcelas,
y que el otoño de mis hojas
se detuvo a medio vuelo,
y volvieron la aves de mi voz,
que de mí una vez huyeron,
y murieron los carneros negros de mi soledad.


Un día de canela y azúcar,
de neblinas reincidentes,
de pasiones verdes e ideas azules,
de mundos ambiguos,
de libros con alas por hojas,
un día de cuervos redondos,
de recuerdos tridimensionales
y de espejos sin fondo.

Aniversario oculto de tus dedos,
de tus párpados,
de tu vértebra sacra,
y de tu santo sexo,
de tu diabólica nariz,
tus elípticos suspiros,
de las circunvoluciones de tus sueños,
de tu nuez de Eva,
de los temblores de tus manos,
de tus amígdalas,
de tu irresponsabilidad,
y tus prolongados desvelos,
de tus pasos de ballet
y tus roces incidentales.

Hoy celebro tus días de guardar
y los de salir, tus días tristes
de lluvias torrenciales,
tus días de sonrisas enharinadas,
tus días difíciles,
tus días de exámenes y de fiesta,
tus días deprimidos
apostados en el sillón,
de dolores en tu cama.
Hoy como los demás días te celebro a ti.