20150208

El hundimiento del Potrero del Llano

El motivo principal por el que México declaró el estado de guerra el 22 de mayo de 1942 contra Alemania y los países aliados Italia y Japón fue el bombardeo el día 13 de mayo al navío no combatiente Potrero del Llano, por el submarino nazi U-564, bajo el mando del comandante Reinhard Suhren. El barco mexicano llevaba las luces encendidas de modo que fuera visible la bandera mexicana, mi abuelo, de 18 años, era fogonero. De los 35 tripulantes, 14 murieron.


Tras el torpedeo, México exigió a los países del eje, a través de Suecia, “una satisfacción completa, así como las garantías de que le serán debidamente cubiertas las indemnizaciones por los daños y perjuicios sufridos”. Alemania se rehusó a recibir la nota diplomática y, por respuesta, hundió el día 20 de mayo al Faja de Oro, otro buque petrolero.
     El presidente Ávila Camacho, tras reunirse con sus ministros de Estado, emitió la declaratoria. Entonces era secretario de Gobernación el veracruzano Adolfo Ruiz Cortines, quien posteriormente fue presidente (1952-1958). Después de la declaratoria, el general Lázaro Cárdenas del Río fue nombrado secretario de Guerra y Marina.
   Las naves mexicanas hundidas, además de las mencionadas, fueron el Tuxpan, el 26 de junio; al día siguiente, a las 7:22 horas, corrió igual suerte Las Choapas, y a las 4:28 horas el Oaxaca; el 4 de septiembre, el Amatlán, y finalmente, el 19 de octubre de 1944, cuando ya los barcos iban artillados, se hundió el Juan Casiano.
     Mario Moya Palencia, político y diplomático mexicano, narra en su investigación que, según el ingeniero Ulrich Gabler, parte de la tripulación del U-564, en el caso de Potrero del Llano, no recibieron órdenes de Alemania de no atacarlo, de acuerdo con el protocolo para los barcos de países neutrales. Además, pese a que notaron que era un buque mercante y no estaba armado, no pudieron identificar ni la bandera ni el país, insignia y leyenda que llevaba el buque en un costado. El submarino estaba ubicado perpendicularmente, por eso el torpedo lo partió por la mitad.
     El propio Teddy Suhren narró que, pese a que el Potrero del Llano iba iluminado, el movimiento del oleaje no le permitió leer de qué país era y la bandera (sin el escudo del águila) no la tenían registrada. En esos casos, la decisión recaía en el capitán. Refiere Gabler que el kapitänleutnant Teddy Suhren, tras 10 segundos de reflexionar, ordenó el ataque.
   Según la prensa estadounidense, el buque mexicano iba profusamente iluminado y el submarino nazi lo siguió cerca de media hora, hasta que decidió atacarlo. Como sea, en su informe el comandante Suhren no consignó ni el nombre ni la nacionalidad del barco. Lo que hace pensar al autor de Mexicanos al grito de guerra que el Potrero del Llano fue hundido por error, que es lo que los alemanes han sostenido.
     Si le creemos al profesor Jürgen Rohwer –descrito por Moya Palencia como el historiador más capacitado en guerra submarina–, el comandante Suhren supo hasta 1983 que había hundido un buque mexicano, un año antes de su muerte, cuando escribía su autobiografía Hojas de roble mojadas, y acudió al propio Rohwer por información.
     Sobre el otro lado, el del buque hundido, mi abuelo escribió un pequeño texto, en 1989, al que tituló A la memoria de los compañeros caídos, y que se publicó postumamente en mayo de 1992. En él, mi abuelo relata que a las 23:55 se sintió una fuerte explosión, la literas, sueltas por el impacto, lo aprisionaron, las llamas iluminaban todo, por lo que sintió gran desesperación y logró liberarse. Descalzo agarró un salvavidas y salió a cubierta, en el camino encontró a algunos compañeros
“que con el terror reflejado en el rostro veían atónitos cómo la superestructura, el puente y el entrepuente habían desaparecido (...) El diesel encendido rodaba en la cubierta de un lado a otro encendiéndolo todo. El viejo contramaestre Genaro Rojas había puesto en las jarcias 8 o 10 tablones en caso de que sucediera lo que ya había sucedido, optamos por agruparnos y el contramaestre nos dijo que nos íbamos a tirar detrás del tablón. El mar para esto se había convertido en una laguna ardiendo por el diesel. Echamos en ese procedimiento un tablón con cinco o seis compañeros, al final quedamos a bordo seis compañeros y cuatro tablones. Como no se podía hacer lo mismo, optamos por amarrar los tablones con un cabo de pulgada y los echamos por el costado al agua, amarrados a la jarcia para poder bajar los seis que quedábamos (...) otros compañeros se lanzaron al agua sin nada absolutamente de protección, algunos de ellos murieron quemados en el mar al encenderse el diesel en el agua que nadaban”.
Lo que mi abuelo no narró ahí, fue que se regresó a su camarote a ponerse los pantalones y tomar sus ahorros. Mario Moya sí consignó el hecho de manera anecdótica: “ante el peligro de las calderas exploten y con valor sobrehumano, los tripulantes se arrojan al mar, otros tardan en echarse al mar –como el fogonero José Vargas, que regresa a su camarote de proa ¡a ponerse los pantalones y recoger sus ahorros!–”.

De ahí los recogió un guardacostas de Estados Unidos y los llevó a Miami. Un recorte de un reportaje de la época muestra a mi abuelo y cinco de sus compañeros en un hotel de Miami, oyendo la radio, días antes de que volaran a México, donde acompañaron al presidente Manuel Ávila Camacho en el zócalo de la Ciudad de México, cuando dio su discurso sobre la participación de México en la guerra. El recorte, que lo tengo gracias a la maravilla del internet, tengo entendido que apareció en varios periódicos de la época, porque los estadounidenses sabían que significaría la declaración de guerra de México a las potencias del Eje.

En una colección llamada Gesta en el Golfo, de la que incluso se sirvió Moya Palencia para escribir el libro mencionado, vi una foto suya de entonces. Mi abuelo de 18 años mira al frente, muy serio, muy peinado, muy formal.

Concluyo con otra cita de mi abuelo, José Vargas Ortega, de 1989: “estos hechos a 47 años de sucedidos, los recuerdo con tristeza, pues mi vienen a la memoria mis compañeros y amigos que murieron en el Potrero del Llano, que fue el primer buque mexicano torpedeado de la Marina Mexicana y el primero en la Segunda Guerra Mundial, y me llena más de tristeza el hecho de que ni el gobierno ni la empresa de Petróleos Mexicanos y menos el sindicato se han preocupado jamás por otorgarle algún beneficio de ninguna clase a los supervivientes de los barcos hundidos de la flota petrolera que aún vivimos. A 47 años de distancia los recuerdo con emoción y con fraternal cariño”.


Publicado originalmente en La Jornada Veracruz

20150126

Cachito Vega y el Escuadrón 201

Subteniente Fausto Vega Santander
En dos o tres ocasiones anteriores había escuchado que un novio de mi abuela murió en la guerra, pero hace poco, al oír el nombre y que pertenecía al Escuadrón 201 –conocido también como Águilas Aztecas– me interesé más y empecé a interrogarla. Más tarde, al buscar información sobre Cachito Vega –mi abuela no recordaba su nombre– el único de los pilotos caídos con ese apellido era el subteniente Fausto Vega Santander, de Tuxpan.

     Al decir guerra me refiero por supuesto a la Segunda Guerra Mundial. La participación de México en ésta fue tan mínima que muchas personas la desconocen, se reduce a los aspectos siguientes: los mexicanos que se enlistaron en el ejército de los Estados Unidos; los braceros que cubrieron el déficit de mano de obra en los campos de ese país; la fabricación de T.N.T. y cartuchos para armas portátiles para el ejército estadounidense; los buques nacionales hundidos por submarinos alemanes como una provocación, el patrullaje de las costas con elementos propios y el heroico Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana (FAEM) –lo que hace a ésta la única unidad militar mexicana que ha combatido fuera del territorio nacional–.

La Escuadrilla Águilas Aztecas al parecer es un nombre que
eligió el Escuadrón 201 en los entrenamientos con la USAAF
     Tras confirmar que Fausto Vega era el mismo Cachito de los recuerdos de mi abuela, y leer la entrada en la Wikipedia sobre él, le enseñé una foto que hallé en otro sitio, y no quedó duda: mi abuela era la novia perdida del héroe tuxpeño Cachito Vega. Al ver su foto dijo: “tenía una sonrisa muy bonita, se sonreía de lado, con la boca chueca”, con una emoción visible.
     Ella lo conoció en el DF, su familia le rentaba un cuarto a su hermano Esteban, al que conocían de Tuxpan, Cachito llegó de visita, venía de la escuela de aviación en Guadalajara “y ahí nos hicimos noviecitos”, recuerda mi abuela, días antes de que partiera con su escuadrón, las Águilas Aztecas, a reunirse con la Fuerza Aérea de los Estados Unidos (USAAF, por sus siglas en inglés).
     La importancia del Escuadrón 201 en la guerra es, como el de tantas otras unidades de diversos países, un esfuerzo conjunto; según el capitán Henry H. Arnold, comandante en jefe de las Fuerzas Aéreas Aliadas, los pilotos de la FAEM con bombas de fragmentación y de fuego pusieron completamente fuera de combate a unos 30 mil japoneses. “Más tarde hicieron siete vuelos sobre Formosa, prestando así valiosísimo concurso durante esas operaciones, que precedieron a nuestro avance sobre las islas Riukiu al sur del Japón”.
     Sin embargo, la repercusión en el territorio nacional fue de mayor dimensión, pues el ejército mejoró considerablemente: se puso en vigor el Servicio Militar Nacional, construyeron campos militares con cuarteles amplios e higiénicos; la Intendencia dejó de ser una oficina de trámite y se convirtió en un servicio eficiente de alimentación, vestuario y equipo; se adquirieron vehículos, ametralladoras antiaéreas y morteros de grueso calibre, obuses de 155 mm. y anticarros; la Fuerza Aérea llegó a contar con más de 300 aparatos; se puso al día el servicio de transmisiones; se inauguró el Hospital Militar; se crearon de modo permanente las divisiones, los regimientos de infantería, la brigada motomecanizada, la artillería de costa, las escuelas de conductores de vehículos y de artificios, los grupos de asalto y los paracaidistas; se instituyó el seguro de vida para los militares, entre otras cosas. A su regreso de la guerra, el Escuadrón 201 fue recibido con honores y con una “manifestación patriótica”, según señaló el diario El Universal en la época.
     El Escuadrón perdió a cinco hombres en las Filipinas, a dos más en ejercicios de entrenamientos y a un operador de radio por enfermedad, Cachito Vega estaba entre los primeros
     Cito a la Wikipedia:
El 1º de junio de 1945, a la edad de 21 años, el P-47 Thunderbolt del joven aviador fue abatido por las defensa antiaéreas enemigas durante una arriesgada misión de bombardeo en picada contra un emplazamiento japonés ubicado en la Bahía de Súbic. Aunque el ataque mexicano, al mando del teniente Carlos Garduño Núñez fue un éxito, el servicio de búsqueda y rescate de la USAAF confirmó que el avión de Vega se hundió en el mar de Luzón sin dejar rastros.

Mi abuela se enteró como el resto del país de la muerte de Cachito Vega, en las noticias, y sintió mucha tristeza. No supo, hasta que yo le referí lo hallado en internet, que el Aeropuerto de Tuxpan –si bien militar– lleva su nombre, Fausto Vega Santander, lo mismo que la calle donde nació. Que se le considera un héroe nacional y que incluso le han dedicado poemas, eso sin contar los múltiples honores que en conjunto le han dedicado al Escuadrón 201, como la estación del Metro en el DF y el mausoleo conmemorativo en el bosque de Chapultepec. 


Un caza P-47D del Escuadrón 201 sobrevolando las Filipinas (1945)



Publicado originalmente en La Jornada Veracruz

20141029

Décimas recicladas



Rompiendo de nuevo el hielo
de mis manos congeladas
la pluma paralizada
despierta, como el anhelo
de verte otra vez, mi cielo,
dormir contigo en tu cama,
de quitarte la piyama,
cobijarte con mis besos,
acariciarte los huesos,
quemar mi lengua en tu flama.

Desde tu cama a la mía
el mal de ausencia me sigue,
en mi bruma se percibe
cual grito que cada día
aumenta, y que me guía
hasta una zanja en el suelo
donde caigo, donde duelo,
y sólo tu voz soñada
surgiendo desde la nada
puede salvarme, mi cielo.

Un flagelo que me habita
y que me roba el aliento
que me nubla el pensamiento
y que mis manos agita
siento en mi pecho, chiquita,
como el día que en el marco
de la puerta de tu cuarto
te besé por vez primera,
mi corazón se acelera,
me derrito, soy un charco.

Te escribo por no pensar
que estamos lejos, mi vida,
por no dejar que, transida,
el alma en hondo pesar
se permita imaginar
cómo sería perderte,
imaginar que la muerte
es dulce si tú no estás,
imaginar que te vas
y me dejas a mi suerte.

En estos días no puedo
pensar en ti sin dolor
pues la distancia, mi amor,
me ha amarrado como puerco.
Prendido de tu recuerdo
visito de nuevo el lugar
al que me quiero mudar
y pasar mil noches tiernas:
donde se anudan tus piernas,
y a tu lado dormitar.

20101103

Para mis muertos



La madrugada del miércoles 3 de noviembre saqué, como todas las noches desde que nos mudamos, a pasear a mi perro. De regreso, sobre Acueducto, una luz en una ventana me llamó la atención, eran casi las dos de la mañana. Desde la calle, tras pasar un patio, la vista se topaba con una mesa puesta. Al fondo, una barra dividía la cocina del comedor. En el centro de la mesa, un florero alto con cempasúchil dominaba el cuadro. Los platos y los vasos en su lugar, como si esperaran tener muchos comensales esa noche, y alrededor del florero, platos con comida. Fue acaso segundo y medio, pero casi podría jurar que vi pétalos de cempasúchil regados sobre el mantel. Debía haberlos.

Pensé entonces, puesto que los días anteriores no estaba, que lo habían puesto algo tarde. Enseguida me corregí: nunca es tarde para pensar o celebrar a tus muertos. Yo, por ejemplo, no puse altar ni prendí veladoras ni dejé mandarinas en la mesa del comedor, pero mis muertos siempre van conmigo. En la casa, lloré largo largo.

Abuelo José: Perdóname si alguna vez refunfuñé porque me mandaron a la esquina a esperar que te llevaran, si me enojé cuando teníamos que cargarte al subir las escaleras y si algún gruñido se me escapó cuando batallaba por subir tu silla de ruedas a la banqueta, pero es que era un niño y no sabía que me durarías tan poco. Perdóname también si me enojé contigo cuando supe que tú le dijiste a mi madre que era muy pequeño para saber que mi padre había muerto, no fue justo, no estabas ya para defenderte, para decirme que lo hiciste por amor, porque no querías que yo sufriera. Recuerdo todas las historias que me contaste y quisiera que me hubieras contado más, saber más de ti, de tu familia; recuerdo también tu olor, tus pañuelos, el tacto rasposo de tu barba.

Abuelo Octavio: No te conocí, al menos no te recuerdo. Pero sé que me amaste. Cuando me acuerdo lo que me contó mi abuela Ana, que desde la ventana de tu cuarto en el Seguro Social me veías jugar, y luego le decías a mi abuela, “lo vi jugando” y llorabas, se me hace el corazón chiquito. Yo quería conocerte, de veras, pero nunca me llevaron a verte. Tal vez mi amor por el cine te lo debo a ti.

Abuela Ana: Te conocí pequeña y frágil, pero sé que fuiste un titán cuando joven. Eso se requiere cuando crías a 16 hijos y les das de comer a todos con una gallina, incluida a la esposa de mi papá, embarazada de mí. Gracias, abuela, por hablarme de mi padre, “Julio bonito”, gracias por salpicarme con un poco de ese amor infinito que sentías por él, tú me hiciste conocer a mi papá y me lo devolviste un poco. Si nadie lo hubiera amado más que tú, con ese amor le bastaba.

Tía Lina: sin ser mi madre me cuidaste, me alimentaste, me quitaste el hambre muchas veces. Siento que no te lo agradecí lo suficiente. Gracias. Lloré mucho tu muerte (te sigo llorando) y maldije mil veces al cáncer.

Profe Danilo: Gracias por hacer de mí el hombre que soy, por ayudarme a moldearme. Fue un gran hombre. En mi colección de figuras paternas siempre ha sido usted el más cercano a mi corazón. Me dolió mucho no haber ido a su funeral ni haberlo visto en esos últimos días del cáncer. Regresar a la escuela donde me dio clases y donde luego fue mi jefe y me dio consejos y donde siempre siempre fue mi amigo me duele mucho, porque usted ya no está. Pablo y yo lo recordamos cada vez que tomamos y lloramos por su ausencia.

Tío Leobardo: Te parecías a mi padre, eras su hermano menor y estos dos motivos me bastaban para quererte. Sin contar tu bondad hacia mí, los libros que me prestabas, los consejos. No supe de tu enfermedad ni de tu muerte el día de mi cumpleaños hasta hace un mes y me dolió mucho. Pero ya estás con mi padre.

Blandelino: Te fuiste antes de que hubiera aprendido más cosas de ti. Pero gracias por lo que me enseñaste, gracias por tu paciencia y por creer en mí. Fuiste de los primeros en hacerlo y eso nunca lo olvidaré.

Ricardo: Te fuiste mucho muy joven, antes de que fuéramos amigos de verdad. Perdón si tú me considerabas realmente tu amigo y yo no, pero compartimos muy pocas cosas, aún así, el dolor de tu muerte y la sorpresa aún recorren mi espina cuando pienso en ti.

Bebé, Fallito, tu muerte a los cinco meses de haber nacido es la peor tragedia que ha sufrido mi familia y la que he sufrido yo. No puedo pensar en ti sin llorar, pero con todo, no cambiaría este dolor que aún me oprime el pecho. Conocerte fue una bendición, verte sonreír con la cánula saliendo de tu garganta. Ojalá hubiera podido cargarte más, mi bebé, mi chiquito, y besar más tus mejillas grandes. Te extrañaré siempre. Te amo.

Padre mío, papito, llevo tu rostro sobre el mío como máscara mortuoria. Tu muerte es una herida en mi costado. Ya no despierto en la madrugada, llorando porque te necesito, pero aún pienso en ti. Cargo tu legado, soy tu herencia al mundo, soy tu carne, tu sangre, soy tú, soy tu muerte y tu vida. Te extraño, extraño al que hubiera sido si hubiera crecido contigo. Tal vez sabría tocar la guitarra, trabajar la madera, tal vez habría empezado a escribir antes. Mi primer recuerdo es estar sentado en tu regazo, tú movías hacia arriba y hacia abajo tu garganta, yo no entendía cómo lo hacías y quería agarrarla; mi madre dice que no puedo acordarme porque cuando hacías eso yo apenas era un bebé, pero me acuerdo. Espero hacerte sentir orgulloso.

20090901

Antes de que hiele


Reproduzco un pasaje de un libro que estoy leyendo, los personajes son Kurt Wallander y su hija, Linda Wallander:


Linda ya se disponía a hablar de su amiga Anna cuando su padre alzó una mano. Se hallaban en el centro de un pequeño claro que se abría entre los altos árboles.
–Éste es mi cementerio –anunció el padre de improviso–. Mi aunténtico cementerio.
–¿Qué quieres decir?
–Estoy a punto de revelarte un gran secreto, tal vez uno de los más importantes en mi vida. Lo más probable es que me arrepienta mañana mismo, pero en fin... Estos árboles que ves aquí pertenecen a cada uno de mis amigos muertos. Hay también uno para mi padre, para mi madre, para todos mis parientes fallecidos. –Señaló un roblede pocos años–: Ése de ahí se lo asigné a Stefan Fredman, el indio desesperado. También él se encuentra entre mis muertos.
–¿Y la mujer de la que me hablaste ayer?
–¿Yvonne Ander? Allá –dijo, y señaló otro roble que desplegaba un poderoso entramado de ramas–. Un día, pocas semanas después de la muerte de tu abuelo, vine aquí. Me sentía como si hubiese perdido todo aquello a lo que podía aferrarme. Al morir el abuelo, la verdad tú mostraste mucha más entereza que yo. Ese día, yo estaba en la comisaría, tratando de averiguar la verdad sobre una agresión grave. Curiosamente se trataba de un joven que casi mató a su padre con un mazo. El chico mentía. De repente, sentí que no podía soportarlo más. Suspendí el interrogatorio y me vine derecho aquí. Tomé prestado un coche de la policía y, para poder salir del centro a toda velocidad, puse la sirena, lo que después me acarreó algún problema. Pero nada más llegar a este claro, sentí como si los árboles que me rodeaban fuesen las lápidas de mis muertos. Comprendí que, cuando quisiera hablar con ellos, tendría que venir aquí, no al cementerio. En este lugar me embarga una paz difícil de experimentar en ningún otro sitio. Aquí puedo abrazar a mis muertos sin que nadie me vea.
–Guardaré tu secreto, puedes estar seguro –lo tranquilizó Linda–. Y gracias por contármelo.
Se quedaron ahí un rato más, entre los árboles. Linda no quiso preguntarle cuál era el árbol del abuelo. Pero supuso que sería un robusto roble que se alzaba algo apartado de los demás.


De Antes de que hiele (Innan Frosten), escrito por Henning Mankell, traducido por Carmen Montes Cano; número 598 de la colección andanzas, Tusquets editores.




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20090710

Del aporte de Armandís a la Academia



Pues ahí tienen que me encontraba haciendo un dictamen y un señor decía unas cosas que yo sabía incorrectas sobre la definición de paradigma y quise citar a la Real Academia Española de la Lengua (RAE) asi que consulté el Diccionario y ¡bum! Ahí estaba, una coma mal ubicada.







Pero no me la podía creer, un error en el DRAE, corrí a verificar la edición impresa que tenemos en la oficina y sí, ahí estaba. Comprobé si en el Diccionario Panhispánico de Dudas había una excepción que no conociera o hubiera olvidado, pero no, estaban los casos que recordaba. Así que, tras corroborarlo con dos colegas, Pachi y Yorch, decidí enviar una consulta al departamento de 'Español al día' de la RAE. La reproduzco tal cual la escribí:


Según el DPD, sobre el uso de la coma entre sujeto y predicado:
3. Usos incorrectos

3.1. Es incorrecto escribir coma entre el sujeto y el verbo de una oración, incluso cuando el sujeto está compuesto de varios elementos separados por comas: (X)Mis padres, mis tíos, mis abuelos, me felicitaron ayer. Cuando el sujeto es largo, suele hacerse oralmente una pausa antes del comienzo del predicado, pero esta pausa no debe marcarse gráficamente mediante coma: Los alumnos que no hayan entregado el trabajo antes de la fecha fijada por el profesor suspenderán la asignatura.

Dos son las excepciones a esta regla: cuando el sujeto es una enumeración que se cierra con etcétera (o su abreviatura etc.) y cuando inmediatamente después del sujeto se abre un inciso o aparece cualquiera de los elementos que se aíslan por comas del resto del enunciado. En esos casos aparece necesariamente una coma delante del verbo de la oración: El novio, los parientes, los invitados, etc., esperaban ya la llegada de la novia; Mi hermano, como tú sabes, es un magnífico deportista.

Ahora bien, la vigésima segunda edición del DRAE, que también puede consultarse en línea, en la entrada paradigma dice:

paradigma.

(Del lat. paradigma, y este del gr. παράδειγμα).

1. m. Ejemplo o ejemplar.
2. m. Ling. Cada uno de los esquemas formales en que se organizan las palabras nominales y verbales para sus respectivas flexiones.
3. m. Ling. Conjunto cuyos elementos pueden aparecer alternativamente en algún contexto especificado; p. ej., niño, hombre, perro, pueden figurar en El -- se queja.

¿La coma entre perro y pueden es correcta? Si tomamos como sujeto a los elementos niño, hombre, perro, no debería haber coma. Lo que me desconcierta, supongo, es el p.ej. Si se ubicara entre sujeto y verbo no tendría duda sobre el uso de la coma:

niño, hombre, perro, p. ej., pueden figurar en El -- se queja.
niño, hombre, perro,
etc., pueden figurar en El -- se queja.
niño, hombre, perro,
entre otros, pueden figurar en El -- se queja.

¿Esa coma responde a que por ejemplo extiende su influencia más allá de lo ejemplificado? De ser así, ¿no debería esto añadirse a las excepciones que marca el DPD? ¿O mi análisis de la oración es incorrecto?

Mucho agradeceré la atención que se sirvan prestar a mi duda.

--
El Armando


Esta imagen que sigue es el acuse de recibo de la consulta:







Eso fue ayer, poco antes de las 16:00. Por cuestiones de trabajo he usado este servicio antes y habían tardado en responder, en promedio, unos tres días. Sin embargo, esta vez contestaron a las 6:55 de hoy, viernes 10 de julio. Unas pocas horas después. En fin, reproduzco texto e imagen de la respuesta:





from consu6 "consu6@rae.es" 6:55 am (3 hours ago)
to "XXXXXXXXXXXXX@gmail.com"
date Jul 10, 2009 6:55 AM
subject Consultas RAE (coma entre sujeto y verbo)
mailed-by rae.es

En relación con su consulta, le remitimos la siguiente información:

Le agradecemos infinitamente su aportación y la haremos llegar al departamento correspondiente, parece ser que hubo un etcétera que se suprimió.


Reciba un cordial saludo.
__________
Departamento de «Español al día»
Real Academia Española



Ahí tienen. Estoy contento, mucho, no por encontrar un error, sino por la respuesta y por saber que en la próxima edición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, la vigésima tercera, tal vez haya un aporte mío.

20090708

De lo nuevo


Calientito, recién salido del horno, les dejo este poemilla que actualiza y resume mi vida las dos últimas semanas y media:



Frío, yerto, con los ojos semicerrados
recorro los espacios entre un camión y otro
una parada, los taxis, banquetas sucias;
mi cama y el trabajo, dicotomía tonta
de los días que antes eran míos.
Camino sobre las ganas de hacer
por no dejar de hacer, las ganas de antaño,
del adolescente que soñaba y hablaba alto,
del niño que miraba antes de hablar
y entendía al mundo como es:
Un dibujo roto, deslavado,
contruido con trazos gordos
como gajos de naranja,
violento, convulsivo y palpitante.
Nunca el mismo.
Cabicerrado, hombrosbajo, paticansado,
recorro las calles como un sueño
que cobrara sustancia y caminara.
Y pienso. Desde las tinieblas pienso.
Tras la cortina de humo, atisbo al mundo,
y pienso. Con ardor en los ojos pienso.
Con calambres en las pantorrillas pienso.
Pienso en lo que no tengo y que tendré.
Pienso en la luz del futuro.
Nunca el cansancio supo tan dulce
(a excepción, claro, del ir y venir,
suave, cansancio del sexo).
Pero aun en el cansancio
soy más yo que el yo de cuatro años atrás.
Más yo que el yo que habla bajito;
que el yo que asiente y calla.
Desde las tinieblas, tras los ojos lánguidos,
entre el marasmo del calor,
la inamovilidad de los días
y la inevitabilidad de la rutina


siento.

20090601

Día de la Marina


Cada 1 de junio, día de la marina, recuerdo, invariablemente, a mi abuelo José Vargas, conocido como Chocolate y también como El Marino. El primer sobrenombre se lo ganó por comer dulces a destajo. El segundo, porque fue marino desde los 18 años o antes. Él murió en 1992, el 17 de enero.

Yo tenía 12 años e iba en 1º de secundaria. La última vez que lo vi fue el 17 de diciembre del año anterior: fui a su casa con un primo para pedirle dinero para cohetes, él nos lo dio y ofreció llevarnos a la casa, pues iba para allá. Mi primo dijo que no, porque primero íbamos a comprar los cohetes. Yo le dije que sí, sentía algo raro, no me quería despedir, pero mi primo dijo que si no lo acompañaba no me daría mi parte de los ansiados e ilegales explosivos, y pudo más la amenaza.

Nunca se me ha quitado el desasosiego que sentí en los días siguientes, cuando fue a la casa y no lo vi porque no estaba, cuando fui al hospital y no me dejaron pasar por ser menor de edad, o el día que mi mamá recibió la noticia de su muerte y a su vez se la comunicó a mi abuela con unos histéricos gritos que quedaron marcados en mi memoria como marcas de fuego, y es que mi abuelo fue la primer muerte que sufrí; el desasosiego de verlo frío, en su ataúd, de ver a su gato, un siamés de nombre Socio, triste, sobre su silla de ruedas. Lo cremamos en Veracruz. Nunca he regresado al puerto mas que haciendo escala. Ni quiero ir.

Sus cenizas las esparcieron en el mar, en Roca Partida, donde chocan dos corrientes encontradas y es peligrosísimo navegar, por lo que PEMEX nos prestó un helicóptero (todavía existía el departamento de Transportes Aéreos, ahí trabajaba mi papá). Aún hoy, si escucho la canción El marinero, de Cri-Cri, lloro.

Bueno, a lo que iba. Era mi intención rescatar un texto que escribió mi abuelo precisamente para un 1 de junio, en recuerdo de sus compañeros que murieron en el Potrero del Llano. Es que mi abuelo era sobreviviente de la segunda guerra mundial, o WWII, como le dicen los gringos. Y cómo, se preguntará el lector, si México no tomó parte en la segunda guerra. Wrong! México sí participó. Al principio se mantuvo neutral. Pero Alemania propuso ser su aliado, lo único que México tendría que hacer era no vender hidrocarburos a los gringos. México siguió haciendo negocios y eso enojó mucho a Alemania. Entonces, con submarinos, mandó torpedear a los cargueros petroleros. México declaró la guerra a Alemania y mandó un escuadrón de aviación y no recuerdo qué más. Entre los barcos petroleros torpedeados están el Potrero del Llano, el Faja de Oro y el Amatlán. Son los que recuerdo.

Mi abuelo, que tenía entonces 18 años, era fogonero en el Potrero del Llano.

La nota, que él tituló A mis compañeros caídos, da cuenta de cómo escaparon del barco en llamas, que no fue fácil, tomando en cuenta que el petróleo que llevaban se derramó y se incendió frente a costas cubanas.


El Potrero del Llano en llamas




Lo que no relató es que, tras el primer impacto del torpedo, salió a cubierta sin pantalones, y cuando vio de qué se trataba, regresó a ponérselos a su camarote, pues, además, ahí llevaba sus ahorros.

Cuando lo platicaba no le creíamos, hasta que, años después de su muerte, leí en un libro que se llama Mexicanos al grito de guerra, de Mario Moya, algo así como, y cito de memoria, “ante el inminente peligro de que explotaran la caldera, los marineros se precipitaron a cubierta (el fogonero de segunda, José Vargas Ortega, ¡regresó a su camarote por sus ahorros!)”.

Después en una colección llamada Gesta del Golfo vi una foto suya de entonces, donde también lo mencionan como parte de la tripulación sobreviviente, me la enseñó Juan Márquez Acevedo, sobreviviente del Amatlán. Mi abuelo de 18 años mira al frente, muy serio, muy peinado, muy formal.

El recorte del periódico, como decía, no lo conseguí, sólo lo tiene una tía que ahora vive en el DF y que, por estos días, se está quedando en Monterrey. Se los debo.

Mi abuelo, junto con otros sobrevivientes, fue objeto de múltiples homenajes cada día de la marina, asistió a varias cenas a los Pinos y por ahí hay algunas fotos con presidentes. Lo que un submarino alemán no logró, la diabetes sí.

20090519

porque sí


Yo no escribo por necesidad, pero a veces sí necesito escribir. Suena a lo mismo, pero no lo es. No de la forma en que lo pienso. La diferencia yace en la frecuencia, creo. Empezaré por el principio. Cada que abandono este blog siento algo como angustia que sólo podría comparar con una flema de ésas que suben y bajan y producen un silbido en mi pecho cuando tengo bronquitis. A veces he subido textos de creación literaria que ya tenía hechos e incluso tareas de la facultad, como aquel ensayo sobre Nicanor Parra. Pero en general, no escribo por escribir, no me siento a meditar de manera forzada a ver qué pongo de relleno en el blog. Y los dos o tres lectores que por ahí andan deberían agradecer esto. No había sentido necesidad de postear nada y no lo hice. Se me han ocurrido cosas, pero no ha habido la necesidad apremiante de escribirlas. He podido, supongo, comentar mis lecturas (después de todo ese era el fin original de este blog), pero no me gusta abandonar el libro y correr a escribir lo que se me ocurre en el momento en que se me ocurre, después es ya tarde y no lo hago.

En fin, he terminado de leer El viaje del elefante ayer. Es el Saramago de antes. El Saramago de Ensayo sobre la ceguera y El evangelio según Jesucristo y Todos los nombres y La Balsa de piedra y La caverna. Pero he empezado a leer a Banana Yoshimoto. Sueño profundo. Y una nostalgia húmeda e indefinida se ha apoderado de mí. Mis lecturas sí influyen de cierto modo en mi ánimo. Será que las busco inconscientemente acordes con mi humor, en consonancia con, diría la jerga oficinesca. Tal vez desde antes esa melancolía lluviosa me rondaba. Mi cuarto está hecho un relajo y no siento ganas de arreglarlo ni de salir a la calle. Tal vez, decía, ya me rondaba y no me había dado cuenta, porque estaba ocupado viendo las series que bajo de internet o porque estaba deslumbrado con el estilo de Saramago o intrigado y conmovido por los casos de Kurt Wallander (he leído al hilo cinco novelas de Henning Mankell sobre este detective sueco). El chiste es que anoche empecé a leer a Banana Yoshimoto y la tristeza que se balanceaba en mi coronilla cual espada de Dámocles ha caído y la saudade, una especie de sangre ámbar, escurre por mi frente y pica en los ojos.

Hay algo triste. No sé si es la narradora o la muerte de Shiori o las noches oscuras o Tokio bajo la lluvia o yo. Ya conozco la sensación. Unas ganas de llorar se apoderan de mi y la visión se me nubla como si ya tuviera las lágrimas en los ojos y no veo bien. Entonces escribo. Lo mismo me pasa con Haruki Murakami, excepto que en él reconozco, subyacente, un delgado y casi invisible hilo de alegría del cual asirse. por momentos se pierde, pero en general es más optimista que Yoshimoto, quizá menos triste.

En estos casos escribo como una respuesta natural a los estímulos exteriores y porque me ayuda a lidiar con lo que brota de la tristeza. Pero en ocasiones escribo porque se me ocurrió una buena idea para un cuento o porque quiero decirle algo a alguien pero no me atrevo o escribo porque sí, porque puedo. Creo que por ahí va. No escribo porque necesite escribir, porque no sepa otra cosa, sino porque quiero, porque me gusta. Ahí tienen.

20080923

De elefantes (Paquidérmico)


En fechas recientes leí que Orhan Pamuk por fin había terminado El museo de la inocencia, una novela de la que lleva años hablando. Sólo los escritores divos pueden permitirse anunciar los libros por adelantado y las fechas de publicación. Y digo divos en el buen sentido, Juan Rulfo en su tiempo anunciaba La cordillera como su próxima novela, misma que nunca terminó o que, tal vez, nunca tuvo la intención de terminar, según lo creía Tito Monterroso (leer "El zorro es más sabio" en sus Fábulas). J. K Rowling también anunciaba la fecha de publicación del número siguiente de la serie de Harry Potter, y en las librerías se hacían unas colas ridículamente largas, más bien parecía que los iban a regalar.

La semana pasada leí que Saramago terminó su nueva novela, a pesar de la larga enfermedad que hizo que Pilar pensara que la iba a dejar incompleta. Saramago se recuperó y terminó El viaje del elefante (A viagem do elefante), que se publicará simultáneamente en varios idiomas este otoño. No es porque sea fan de Saramago (y lo soy), peeero la novela se ve muy muy buena, promete. Acá pueden leer un fragmento, en su blog, El cuaderno de Saramago.

Desde muy niño me atraen los elefantes, siento que mis interiores se estremecen cuando veo uno y sus ojos me provocan una melancolía profunda, me dan ganas de abrazarlos. Por eso cuando leí esta nota en El universal me entristecí. Indra, una elefanta de cinco toneladas, se escapó y murió atropellada al cruzar la carretera México-Tulancingo, el chofer del autobús también murió en el choque, sin embargo logró evitar que el bus volcara y probablemente le salvó la vida a sus pasajeros.

Hablando de elefantes, oigan esta canción de Beirut, Elephant gun; y si quieren más, chéquense este cuento, ya que vamos encarrerados.



Via El universal online
Imagen tristísima

20080805

Bostezo


Más ficción:

Bostezar de nuevo. Regresar a mi trabajo. Mirar hacia fuera, entre las persianas. Sentir ganas de sentir ganas de hacer algo, allá afuera. Ir al baño, despacio, como si tuviera una gran encomienda que debe realizarse concienzudamente. Me tardo lo más que puedo, pero al final regreso. Siempre regreso. Ir por agua. Regresar al trabajo. Bostezar. Pensar en lo que haré cuando salga. No haré nada. No quiero. No siento ganas de.

Garabateo sobre el escritorio. Lo borro. Pruebo si sirven todas las plumas en una hoja usada. Leo lo que dice al reverso la hoja. Un oficio viejo. Se solicita material de oficina. ¿Para qué? Plumas tengo muchas. Se echan a perder antes que las ocupe. Además, estos días todo se hace con computadora. Inicio un juego de solitario. Inicio otro. Cierro el juego. Bostezo. Alguien me ve, bosteza también. Luego sonríe, en complicidad. Yo no sonrío. Si bosteza no tiene nada que ver conmigo.

Pido permiso. La tienda. Afuera hay sol. Fuga de agua. Una tubería rota por arriba expide una apenas brisa. Con el sol, el agua brilla y se pone de colores. Antes me gustaban estas cosas. Ahora me bajo de la banqueta para no mojarme. Camino de puntillas sobre el agua para no salpicar. Un coche pasa. Si me hubiera mojado me enojaría, pero el mojado fue otro. Yo ya había pasado. No sé cómo sentirme. Si reír o enojarme con el conductor o con la fuga. O si sentir algo. Todos los días miles de cosas pasan y sólo me entero de dos o tres. ¿Por qué debería sentir algo por estas cosas? Lo mismo da. De todos modos ocurrirán.

En la tienda no sé qué comprar. No tengo hambre. Debo comprar algo o sabrán que fue pretexto para salir. Nada se me antoja. ¿Dulce o salado? Debe ser comida porque dije que tenía mucha hambre. Si no, compraría el foco del baño. Lleva dos meses fundido. De todos modos lo compro. Me decido por unos pastelillos que comía de niño. Así al menos me los comeré con un poco de café. A ver si se me quita el sueño. Bostezo otra vez.

Regreso. El café, los pastelillos. Pero bostezo otra vez. Miro el reloj. Regreso a trabajar. Entrecierro los ojos. No me doy cuenta el momento en que me quedo dormido. Despierto con sobresalto. Nadie lo notó, o eso parece. Pienso en mandar un mensaje de texto con mi celular. No tengo nada que decir a nadie. No tengo ganas de salir, mejor no mando nada.

Busco bostezar en el diccionario: Hacer involuntariamente, abriendo mucho la boca, inspiración lenta y profunda y luego espiración, también prolongada y generalmente ruidosa. Es indicio de tedio, debilidad, etc., y más ordinariamente de sueño.

¿Qué será lo mío? ¿Tedio? ¿Sueño? Decido que, como ya van varios bostezos, son la mitad y la mitad. El primero por tedio. El segundo por sueño. El siguiente por tedio, y así. Bostezar, bosquejar, bosque, voz.

Si proyectar planes me sacara del tedio... Pero no me contenta ni pensar en lo que prepararé para cenar o lo que habrá en la tele. Tengo la boca seca. Me inclino sobre mi escritorio. No estoy aquí. No me vean. Estoy; en ningún lugar. No existo y mi conciencia se separa en miles de partículas luminosas. No me vean. Bostezo. El olvido.

Lo único que quiero, aparte de irme o de dormir, es subir a la azotea. Sólo estar ahí, sin pensar. Sentir el viento. No ha pasado ni medio día. La azotea. Desde que un pobrecillo se aventó de ahí no nos dejan subir. No todos somos suicidas aquí, aunque bien podríamos serlo con esta luz amarillenta. No lo conocía. Es decir, me llegué a topar con él en el baño, pero nunca platicamos. Trabajaba en otra oficina. Lo veía pasar cuando subía a fumar, después de comer. Yo no fumo. Eso tal vez me serviría para pasar el rato. Nota mental: empezar a fumar. Que no sean Marlboro, no soy vaquero.

Dolor de espalda. Mala postura. Malos escritorios. Bostezo. Vuelvo al trabajo. Me asomo entre las persianas. Afuera hay sol. Pronosticaron lluvia para esta tarde. Traje mi sombrilla. No parece que vaya a llover. No con este sol. Pero traje mi sombrilla. Ojalá llueva. Odiaría cargar mi sombrilla para nada. No me importaría mojarme los pies un poco, con tal de que llueva. Debí pasar la mano por la fuga de agua. Era un chorro disperso, fino.

Voy al baño otra vez. Desde la ventana sólo se ve el cubo de la escalera. Bostezo tan fuerte que me salen dos lágrimas. Un chocolate. Debí comprar un chocolate. Regreso a mi lugar. Tal vez rente películas. Total, luego no hallo nada bueno en la tele. Una ensalada. Eso cenaré si es que alguna vez salgo de aquí, si no me muero del aburrimiento. O si no se me rompen las quijadas de tanto bostezar. Bostezo.

Si llueve el chorro de agua ya no se verá igual. Si el día que se suicidó comosellame hubiera llovido, a lo mejor no habría subido a la azotea. Y yo podría subir so pretexto de fumar: “ya fumo, ¿no lo sabías?”. Ojalá llueva. Bostezo.

20080620

Eróstrato


Me sorprende la indiferencia con que el grueso de la gente mira con desdén al fuego cuando es pequeño. Aún las llamas más débiles queman igual, si bien una superficie menor. De no haber las condiciones necesarias, no hay fuego, pero cuando lo hay, no hay fuego que queme poco, que arda menos, o que no pueda crecer si se le alimenta primorosamente.

En esto nos distinguimos de Él los humanos; nosotros sobrevivimos en las condiciones más míseras o, incluso, cuando no las hay, lo que provoca que perdamos la dignidad (sea o no nuestra culpa) y que perdamos la propia condición de humano. Si el fuego no puede subsistir, simplemente no lo hace.

De niño me disgustaba enormemente no poder sostenerlo en mis manos, y no me refiero a las quemaduras, ésas nunca me han importado, sino a su carácter inmaterial, el agua, por huidiza que sea, puede sostenerse en las manos por un momento y, puesta en un recipiente que la contenga, se advierte su resistencia al penetrarla, se siente su densidad, su peso. Pero al fuego no se le puede cargar, no a menos que se alimente de la carne propia; no se puede tomar una llama por la cabellera y levantarla, mientras preguntamos “¿qué planeas, pequeña?”. Tampoco se puede constreñirlo a un envase y almacenarlo, guardarlo para un día de frío o de ocio. No tiene peso, no tiene densidad, al menos no que se pueda percibir con los sentidos del humano. El fuego es energía, no materia.

El agua y el fuego han sido puestos como elementos contrarios. El agua tiene materia, el fuego no. Es como si el aliento de un hombre se enfrentase (y diera una buena pelea, además) a un desaforado gigante. Y siempre he estado (aunque al lector le resulte difícil creerlo) del lado de los débiles, pues mi convivencia con el fuego no ha hecho mas que mostrarme la debilidad de la carne, lo fútil de mi materia de humano.

El fuego se parece a nosotros en su inevitable dependencia de los demás y de los estímulos externos, que nos rebasan (a Él y a nosotros) y que no pueden ser evitados por un simple acto de voluntad inamovible. Por ello, cuando alimento un fuego (ya sea con los combustibles adecuados o con mi propia carne) me siento bien conmigo, como un mesero que atendiera un banquete para dioses, y al final, a escondidas, probara las heces de la ambrosía, o mejor, como Anquises después de yacer con la mismísima Afrodita.

Si el agua limpia, el fuego purifica; permite un nuevo inicio, es augurio de reconstrucción y de la siembre nueva. En el agua nos disolvemos, en el fuego, nos consumimos. Los muertos por agua ofrecen un cariz espantoso, los muertos por fuego, cuando arde bien, no tienen aspecto mas que de polvo negro, su grasa se evapora y quedan sueltos algunos trozos de hueso necio. Y ya basta con estas analogías ociosas, sólo agregaré que Juan el Bautista dijo de Jesús que, a diferencia suya, Él vendría bautizando con fuego. Permítaseme una más: Dios es representado en ocasiones como un torbellino de fuego.

Así, en Él se intersecan lo nuevo y lo viejo, la vida y la muerte, es tan referido que, seguramente lo que digo tiene una fuerte (o tal vez tangencial) resonancia a lugar común.

Déjenme replantearlo en términos menos comunes.

Del fuego soy y al fuego regresaré. Las salamandras entrarán en mi boca abierta. Del fuego soy. Las llamas que viven en mi pecho por fin se alzarán, jubilosas. Al fuego regresaré. Y la muerte no me alcanzará, el fuego es vida y en él renaceré. Lo del fuego al fuego. Mi ser terrenal se evaporará, sólo mi ser divino sobrevivirá. Del fuego al fuego. Una vez purificado seré invencible. Del fuego soy y a Él regresaré.

20080429

Entrada para la que Armandís de Mina no tiene nombre (todavía


Este texto de ficción lo acabo de escribir escasos minutos ha. No tiene título, pero se aceptan sugerencias:

“Sé que no soy perfecto. Estoy consciente de ello. Por ejemplo, nunca uso cinturón negro con zapato negro, sino café. Sin embargo, éste es un error menor y estoy al tanto de ello. A estos “errores recurro para no sentirme superior, el hacerlo me alejaría de lo perfecto.

Hay, no obstante, otros errores, manías y demás, que con el tiempo he notado y que me han llegado a preocupar. Uno de ellos es el inefable uso de la palabra inefable, a pesar de que desconozco su significado, pienso que de buscarlo en el diccionario, la palabra perdería su encanto, yo caería en mi error y jamás la volvería a usar (porque así soy, y es una lástima, en verdad es una palabra preciosa. Digo, por ejemplo, “qué inefable mañana, y mi rostro se ilumina con el primer rayo del sol, como si fuera el primer amanecer de la humanidad. A mis amigos en la oficina, bueno, compañeros de trabajo, exclamo: “qué café tan inefable, y me solazo de la falta de respuesta, ellos, sin duda, no saben de qué hablo, mi intelecto me pone en un escalón por encima de ellos, un escalón, por demás, inefable.

Otro de mis hábitos, acaso más molesto, incluso para mí, es mi inefable costumbre de olvidar cerrar las comillas y los paréntesis, me ocurre que releo mis relatos de ficción y a veces me confundo, pues no se en qué momento termina la cita o en todo caso, a qué se deben las comillas o paréntesis.

A veces me pasa que mi interminable monólogo interior irrumpe en el exterior y digo cosas sin sentido aparente para mis interlocutores, lo cual puede resultar bueno o malo para mí, dependiendo de lo dicho y de la ocasión. Decir “calcetines azules durante el almuerzo (como en la oficina, a lo mucho, me vale el adjetivo de excéntrico, raro, o iconoclasta. Decir “pedo, pipí, popó, moco, caca, durante una importante junta (oh sí, las tengo a cada rato, me vale, además de un regaño y la cara de extrañamiento de mis superiores, el inefable adjetivo de “maniaco. Esto lo atribuyo a la rapidez con que trabaja mi mente, por lo que no es del todo malo.

Me preocupan más, por decir algo, la súbita urgencia de rasurar mis cejas (nunca lo he hecho, pero he sentido la necesidad. La extraña insistencia con que algunas ideas malsanas se fijan en mis mientes e, inefables, no puedo extraerlas. Verbigracia, las ganas de patear niños pequeños en la cabeza, pero sólo en jueves, o usar calzones apretados cuando salgo por las noches, para tener un pretexto y regresar temprano a casa.

El otro día, desprovisto de vello genital, me expuse en un balneario, el cual se halla a no menos de seis horas de viaje en carretera. La sorpresa de los padres fue mayúscula, y la mía, también. Fue un acto reflejo y aún no sé a razón de qué lo hice.

La otra noche le di un manotazo en la nuca a la mujer con la que salía, a mi favor diré que en el momento pensé que sería una buena forma de probar si estaba interesada en mí: si a pesar del golpe, seguía conmigo, lo estaba; si después del golpe se iba (que fue lo que hizo, entonces no valía la pena seguir saliendo con ella. No sé cómo se me ocurrió, pero es un razonamiento perfectamente lógico e inefable.

En ocasiones me da por contar, por ejemplo, los vellos de mi brazo. Si lo logro, algo bueno ocurrirá con la humanidad, y si no, pues tragedias. A pesar de mi empeño, no he conseguido éxito en esta, la más difícil e inefable de mis empresas, al día siguiente observo, con pesar, las noticias.

Soy amigo de los placeres simples, mis días están llenos de pequeñas dichas y esto equilibra los sinsabores, en las mañanas, por decir algo, me gusta oír mi propia voz, ronca por la falta de uso, exclamar cosas como “qué inefable mañana, y mi rostro se ilumina con el primer rayo del sol, como si fuera el primer amanecer de la humanidad. Esto lo hago, además, porque el sonido de mi voz me indica que amanecí vivo. Morir de noche y que nadie oiga (o ni siquiera poder pronunciar mis últimas palabras, me aterra hasta el llanto.

Algo de lo que no me había percatado, hasta que alguien me forzó a ello, es que repito frases e ideas como si no las hubiera dicho o formulado ya, en la oficina, dicen, siempre cuento los mismos chistes y anécdotas. Esto de los chistes lo hago, no porque me agrade, sino para mezclarme y no llamar demasiado la atención. Por lo que estas “repeticiones, si es que las hay, en realidad me tienen sin cuidado.

El catastrofismo es una de mis tendencias, los pensamientos funestos son el pan de mis días, sé que puedo morir en cualquier momento, un edificio que se colapsa desde sus basamentos, un cliente inconforme, una maceta mal puesta en un balcón, una jauría de perros rabiosos, un motociclista que use las banquetas en vez de la calle, un súbito entumecimiento del cerebro, un tiroteo, todo lo anterior, en un repaso rápido, es una pequeña muestra de muertes inesperadas que me acechan en cada esquina.

En ocasiones, mi interminable monólogo interno se hace externo y digo cosas sin sentido para mis interlocutores, lo cual puede ser bueno o malo, según lo dicho y de la ocasión. Decir “de Cocula es el mariachi durante la comida (almuerzo en la oficina, me vale el adjetivo de excéntrico o chistoso. Si en cambio digo “que se mueran todos menos yo durante una junta importantísima (oh sí, siempre estoy en una, me vale apenas, un jalón de orejas, aunque a mis espaldas murmuran “loco. Esto lo atribuyo a la rapidez con que trabaja mi mente, por lo que no puede ser tan malo.

A veces me figuro que estamos en un libro, que las situaciones son ficticias y que mis acciones pueden repercutir inefablemente en la trama principal, pero me preocupa que mi historia no es la principal (siempre me ha caracterizado la humildad. Cuando este sentimiento me abruma y la creciente angustia de la no titularidad me sofoca, incurro de manera consciente en actos que únicamente podrían calificarse de “raros. “Esto me es lícito, pienso, pues es la única forma de acabar con esa inercia de la atmósfera libresca en que me sumerjo a veces. Sin embargo, procuro que nadie me vea. Los actos raros consisten en caminar como pato, hacer pedorretas con la boca, acariciar lascivamente alguna de mis partes pudendas, y cosas por el estilo. Esto siempre funciona, y cómo no habría de hacerlo, se imaginan que, por decir algo, en la Biblia (nunca la he leído, se dijera “entonces Abimelec reprendió a Josafán, y Josafán caminó como pato, mientras hacía pedorretas con la boca, eso sin duda sería una ruptura en el relato.

También dejo las cosas incompletas, inefablemente, como aquella vez en que una amiga me dijo

20080124

Donde el caballero se atreve a rimar como lo hiciera Espinel, con los resultados que se verán *UPDATE*


Sí señores, señoritas, mi osadía ha sido tanta que incluso he incurrido en la rima, múltiples veces, con resultados no tan buenos, sólo digamos que no todos los poemas rimados que he escrito son sujetos viables de publicación. Uno que otro soneto podría decirse que no me causan una pena absoluta, tal vez algún día se los enseñe a alguien. De lo que me siento medianamente orgulloso, hablando de rima, es de mis décimas; éstas, cuando menos no me avergüenzan.

La décima espinela toma su nombre del poeta y vihuelista español, Vicente Espinel, y se ha cultivado con especial esmero en el son jarocho; sé zapatear, pero estoy fuera de práctica y no viene al caso.

La décima, como su nombre indica, se compone de diez versos de ocho sílabas y con estructura de rima abbaaccddc. Esto es, que el primer verso rima con el cuarto y el quinto, el segundo con el tercero, el sexto con el séptimo y el décimo, y el octavo con el noveno.

Ahora, para mis dos lectores y mis dos lectoras, unas cuantas de mis décimas, creo que no tienen nombre, y tampoco hallo la fecha, en todo caso son anteriores al año 2000.

Me es difícil quererte
en esta cruel agonía
me consumo día a día
por el mal de no tenerte
de todos los días verte
y no poderte besar.
Cuando siento tu mirar
en mis ojos siento que
me muero y yo ya no sé
cómo dejarte de amar.

Puesto que no te he hecho daño
no pido que me perdones,
y también, si no te opones
te querré todo este año
no te vas y ya te extraño
se va a ir contigo mi vida
pues mi sangre confundida
con tu risa, con tu eco
dejará en mi vida un hueco
por tu eminente partida.

Quisiera saber yo cuándo
voy a dejar de adorarte
y tan sólo a recordarte
cual sueño sutil y blando;
a dejar de estar soñando
el delirio de tenerte,
de querer pertenecerte
y no sentirme rechazado,
como objeto abandonado
o como un niño a su suerte.

No sé por qué permitiste
que anidara la esperanza
si mi pasión no te alcanza
si mi amor se te resiste
sin quererlo me perdiste
en un mundo de locura
pues si el deseo perdura
en mis sueños delirantes
serán eternos instantes
los que dure mi tortura.


UPDATE:

A petición de don polo, incluyo bonito y creativo collage de don armandís de mina aprendiendo a bailar son jarocho.

Chin chin el que se ría

20080116

En que el autor recomienda dos posts


Pues ahí tienen, para quien se acuerde, que hice un post dedicado a Royal Majesty Queque porque le entré a un intercambio navideño de posts, organizado por Gabriel, de No estoy borracho. Lo que no había referido es que a mí también me dedicaron un post que la verdad sea dicha, me gustó, Ángela supo darme por mi lado con un poema de Bukowski, si les interesa pinchad acá.

La otra recomendación que reza el título es sobre la primera incursión de Armandís Oscuro a la política, chequen acá.

Ésta debe ser la entrada más corta que he hecho.

20080108

De haikus el primero del año y un poco inconexo pero ni modo


Aunque la estructura del haiku o haikai es de diecisiete sílabas en tres versos de cinco-siete-cinco sílabas, lo siento tan mío, que sólo respeto la cantidad total de sílabas y versos y combino los versos en siete-cinco-cinco, seis-cinco-seis, etc.

El año empieza y este es el primer post, después de un ratote sin escribir. No se preocupen, este año no me propuse nada, así que no prometeré escribir más seguido ni más bonito ni menos de mí ni clavarme tanto. De hecho no prometeré nada, seguiré como hasta ahora, y si hay algún cambio para bien, pues bienvenido.


Este fueMi primer acercamiento con el haiku tal vez fue con Tablada, no lo recuerdo bien. Mi primer acercamiento serio al haiku fue cuando leí la traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya de Sendas de Oku, del llamado maestro del haiku, Matsuo Bashô (para descargarlo vía Paseos.net. Taller de iniciación al haiku, pinchad aquí).

Ahora sigue un recuento de los haikus que significaron algo en 2007, de varios autores, y algunos míos. Todos los haikus que no son míos fueron tomados de El rincón del haiku, página que se halla entre mis links desde hace ya varios meses.

De Matsuo Bashô:

Un viejo estanque
se zambulle una rana
ruido de agua.

Canta el cuclillo:
un bosque de bambú
filtra la luna.

De Yamaguchi Seishi:

Luz de luna,
congelada en el aire,
donde se queda.

De Yosa Buson:

En la flor blanca
del ciruelo amanece
suavemente.

Mondos los sauces,
secas las aguas claras,
acá y allá piedras.


(el mismo, pero en japonés, para que lo lean en voz alta:

yanagi chiri
shimizu kare-ishi
tokorodokoro
).

Ahora van los míos:

la vaca pasta
tiene cuatro patas:
una en cada esquina.

camino rojo
no lo recorro yo
sino mi memoria.

estremecen la tarde
cual rayos negros
las golondrinas.

No puedo recordar
lo que piensan los niños
cuando callan.


Lo mejor de los haikus es que caben dos en cada SMS.
Feliz año a mis tres lectores.

20071215

Que se dedica a Royal Majesty Queque por motivos navideños


Inevitablemente cuando llego a un blog que no conocía busco algún asidero, algo que justifique mi presencia ahí y que me diga que hago bien si sigo leyendo o bien, por el contrario, que hago bien marchándome sin dejar sombra de mi presencia.

Indudablemente leo más blogs de los que tengo en mi blogroll, y a veces comento más de lo que escribo en mi propio blog, así, también podría decir que leo más de lo que comento.

Y es que busco, más que amigos, el placer de la lectura a solas, pues la lectura es, como dice un buen amigo, un acto eminentemente solitario. Tampoco crean que no me interesa socializar, he llevado buenas relaciones con algunos blogueros, incluso puedo decir que gracias a mi blog y al suyo, tengo una buena amiga a la que le puedo confiar lo que sea.

Por eso cuando leí la convocatoria del sobrio Gabo pensé que era una buena oportunidad para dejar salir al animal amigoso que vive en mí, y darle un descansillo al misántropo, sobre todo ahora que se acerca la navidad.

Ahora debo explicarte mi retraso, que se debe, en gran parte, a mi trabajo. Últimamente ha habido mucho que hacer en la oficina, salgo a las 1800 cansado, con la vista cansada, con ganas de leer y no, pensando en la mujer que habita mis posts desde septiembre y mi diario ir y venir desde mayo, la PC en mi casa siempre está ocupada por mi hermana la nazi que, si me preguntan, tiene más amigos en el
Hi5 de lo que es sano, del Messenger no diré nada.

Y bueno, desde el lunes 10 de diciembre a eso de las 12:25 supe que tenía que dedicarte un post, a-ver-va-mos-a-ver-quién-me-to-có. No pude leer mucho, pero vi que habías visto The Darjeeling Limited, y lo más importante, que te había gustado, “esto pinta bien”, pensé. Yo no la he visto pero muero de ganas, en mi otro blog tengo un cacharro de html de la película, hasta abajo abajísimo. Amo The life aquatic with Steve Zissou, tengo el soundtrack y lo traigo en mi iPod y toda la cosa, definitivamente está en mi top cinco y lloro cada vez que Steve dice “I wonder if it remembers me”.

The royal Tenenbaums me gustó mucho, pero sólo la he visto una vez y no la he podido conseguir, y no he visto nada más de Wes Anderson, pero es de mis directores favoritos, si sólo fuera por The life aquatic lo seguiría siendo.

Lo más sencillo hubiera sido escribir un post de lo más “normal” y decir que te lo dedicaba, desgraciadamente tengo cierto complejo que me compele a hacer las cosas “lo mejor que se puedan”. En consecuencia, debía leer algo sobre tu blog, sólo hasta hoy pude, en parte por el trabajo, en parte por la desidia, así que sé que me sabrás perdonar.

Al parecer te llamas Elsa, a veces Regina, a veces Royal Majesty Queque, y estudias filosofía, great, no es lo mío (diablos, ¡qué es lo mío!) pero sí la literatura, y bueno, sabemos que van de la mano, pero nunca he leído a Spinoza, a Ortega y Gasset, a Kant o a Wittgenstein, es decir, me gusta la filosofía cuando algún autor (digamos, por ejemplo Pessoa) me la disfraza de literatura o hace una mezcla de las dos bastante digerible, sin embargo leer sobre tu escuela, tus tareas, preocupaciones, tus mestros y tus compañeros me remontó, ¡oh nostalgia!, a mis días en la facultad de humanidades en la UV (estudié letras).

Noté, además, que te gustan Goran Bregovic y Kusturica (en mi iPod, también, Underground, Tiempo de Gitanos, La vida es un milagro, Arizona dream), y que tienes una canción del soundtrack de Broken Flowers, ¡woohoo!, ¡arriba Jarmusch!

Me gustó cómo escribes, pero creo que me gustó más Estequiometria que Balacera en las neuronas, me gustó tu sinceridad y tu autocrítica, me gustó cómo refieres tus lecturas.

Te transcribo y dedico, además, un fragmento de La educación del estoico, atribuida al Barón de Teive (Pessoa), y algunos otros escogidos al azar, del Libro del desasosiego, de Bernardo Soares (Pessoa, otra vez), espero que te gusten, son lo más filosófico que pude hallar entre mis novelas y volúmenes de poesía y cuentos, no quiero decir nada con ellos, sólo que los saborees:

La dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y que el universo existe fuera de ella. Reconocer, con disgusto o no, que las leyes naturales no se someten a nuestros deseos, que el mundo existe independientemente de nuestra voluntad, que el hecho de estar tristes nada demuestra sobre el estado moral de los astros, ni siquiera de la gente que pasa por delante de nuestras ventanas: en eso está el verdadero uso de la razón y la dignidad racional del alma.
Barón de Teive

15.
Conquisté, palmo a palmo, el terreno interior que nació mío. Reclamé, espacio a pequeño espacio, el pantano en que me quedé nulo. Parí mi ser infinito, pero me extraje con gran esfuerzo de mí mismo.

34.
A veces pienso que nunca saldré de la Rua dos Douradores. Y eso así, escrito, me parece una eternidad.

No el placer, no la gloria, no el poder; la libertad, sólo la libertad.

Pasar de los fantasmas de la fe a los espectros de la razón no es más que ser trasladado de celda. El arte, si nos libera de los abstractos ídolos de costumbre, también nos libera de las ideas generosas y de las preocupaciones sociales –ídolos también.

Encontrar la personalidad en el perderla –la misma fe abona ese sentido del destino.

89.
La única actitud digna de un hombre superior es persistir tenazmente en una actividad que se reconoce inútil, el hábito de una disciplina que se sabe estéril, o el uso fijo de normas de pensamiento filosófico y metafísico cuya importancia se siente como nula.

118.
¿Qué me importa que nadie lea lo que escribo? Lo escribo para distraerme de vivir, y lo publico porque el juego incluye esa regla. Si mañana se perdiesen todos mis escritos, sentiría pena, pero creo sinceramente que no sería una pena violenta y loca como cabría suponer, puesto que en todo eso iba toda mi vida. No es diferente, pues, de la madre que, muerto el hijo, meses después sigue ahí y es la misma. La misma tierra que sirve para los muertos serviría, menos maternalmente, para esos papeles. No todo importa, y creo de verdad que hubo quien vio la vida sin gran paciencia para con ese niño despierto y con un gran deseo del sosiego de cuando ella, por fin, se haya retirado a descansar.

246.
Considerar todo cuanto nos sucede como accidentes o episodios de una novela, a la que asistimos no con la atención sino con la vida. Sólo con esa actitud podremos vencer la malicia de los días y los caprichos de los acontecimientos.

430.
Después de ver con qué lucidez y coherencia lógica justifican ciertos locos, ante sí mismos y ante los demás, sus ideas delirantes, he perdido para siempre la firme certeza de mi la lucidez de mi lucidez.

Bernardo Soares


A partir de hoy te visitaré de vez en cuando, un día, si tú decides seguirme visitando, hallarás un link a tu(s) blog(s), creo sinceramente que podríamos ser buenos amigos en la vida real, me llamo Armando, a veces Armandís de Mina, a veces Armandís Oscuro, mucho gusto y feliz navidad (Gracias Gabriel).

20071126

Donde se discute la naturaleza malvada de don Armandís Oscuro


Pues bien, he aquí que revisando mis pendientes he hallado uno que tiene que ver con la mismísima naturaleza de este blog. Me refiero a la parte de "los extremos" y al Ariel-Calibán del URL.

Y sí, es una referencia literaria --no surprise there-- a Shakespeare (frunce el ceño, Neto). En La tempestad hay dos personajes, Ariel, una especie de genio que cumple los deseos de Próspero (y que Peeter Greenaway caracteriza como un niño en Los libros de Próspero, película basada en La tempestad) y Calibán, una especie de bestia, hijo de bruja, de quien se ha sugerido que su nombre es un acrónimo de caníbal.

Según
Jan Kott, y si mi memoria no me falla, Ariel representa el "lado bueno" del hombre, la conciencia que hace a Próspero desistir de su venganza, mientras que Calibán es el "lado malo" del hombre, es el lado instintivo y sin moral que se ocupa de las necesidades, es la venganza. Tal vez esté poniendo palabras de más en la boca de Jan Kott, es que hice un trabajo sobre ello y no recuerdo qué tanto es de Kott y qué tanto es interpretación mía, en fin, a ver si busco el ensayo y aclaro esto más tarde.

Ahora bien, esta relación de los dos polos humanos siempre me ha llamado la atención, lo mismo que el tema del doble (incluso haré mi tesis sobre ello), los döppelganger, los dobles malvados, los desdoblamientos a lo Borges. El tema del dobe siempre ha estado arraigado en el imaginario colectivo. Dios hizo al hombre a su semejanza; en el Poema de Gilgamesh, Enkidu es hecho a semajanza de Gilgamesh, posee todas sus cualidades y es el único que puede frenar sus excesos, a su muerte Gilgamesh cobra conciencia de la muerte propia; la mitología está llena de seres mitad dioses mitad humanos (todos los mesías y el propio Gilgamesh), o mitad animal mitad hombre; la mitología mexica está basada en dualidades; en fin, da para mucho, pero ése no es el tema de este post, sino un mero vehículo para hablar de don Armandís Oscuro.

Cuando empecé este blog, haca ya más de un año, la idea era compartir mis lecturas, pero además, evitar otros temas espinosos, como política y religión, en la medida de lo posible. Por eso este blog es "políticamente correcto". Ha sido difícil no hablar de política cuando hablo o pienso casi diario en política, y de religión ni decir. Lo mismo cuando quería compartir música o videos que me ugstan, o simples tonteras como tests y otras curiosidades. El ñoño terco en mí quería, exigía, que el blog permaneciera "puro" y que sólo se hablara de literatura. Con el tiempo cambié un poco e incluí algo de creación, finalmente también es literatura, buena o mala, ustedes han juzgado.

Un poco como en mi vida, en la que siempre he tratado de hacer lo correcto, este blog se ha abstenido de muchas cosas. Don Armandís Oscuro, quien no sé si es un clon o un gemelo malvado, me ha servido para hacer posts que el ñoño en mí no ha permitido. Su blog existe hace ya un rato y existe un link acá desde hace el mismo tiempo, sin embargo no lo había presentado apropiadamente. Una disculpa, don Armandís Oscuro, pero usted no ha hecho lo propio.

Por eso este blog es "un extremo de lo humano" y por eso mismo el blog de don Armandís Oscuro es "el otro extremo". Por eso el URL es Ariel-Calibán y el de él es Calibán-Ariel.

Por ejemplo no ha hecho el post correspondiente al premio al blog solidario que le di, nomás de cuatito. Sé que ha querido postear algo sobre su adhesión a una buena causa como el teletón, pero sigue pendiente. Sé que quiso escribir algo sobre la película Fraude: México 2006, pero nada.

Bueno, hoy, cosa rara, hizo un post bastante decente sobre Fernando del Paso que les recomiendo.
Éste es su blog, conózcanlo, y luego me dicen.


El mentado Armandís Oscuro

20071112

Celebremos a los libros, celebremos a sor Juana



El 12 de noviembre de 1651, o 1648, dependiendo de la fuente, nació sor Juana Inés de la Cruz, (Juana Inés Ramírez Santillana o Juana Inés de Asbaje) en Nepantla, Estado de México. Aprendió a leer a los 3 años, enseñada por su abuelo Pedro Ramírez.
Cuando supo que sólo los hombres tenían derecho y acceso a las universidades pidió que se le disfrazara de hombre. Aprendió náhuatl por iniciativa propia, a los 8 años escribió una loa para la fiesta de Corpus. Aprendió latín en 20 lecciones. Se cortaba e cabello porque decía que no era justo que "estuviese vestida de cabellos una cabeza que estaba tan desnuda de noticias".

Su hambre de conocimiento la llevó a leer todo cuanto "había que leer" en la época. A los 13 años fue invitada a servir como dama de la corte por los virreyes de Mancera, donde fue nombrada "niña prodigio de la corte". Una vez fue enfrentada a los cuarenta eruditos más destacados de la época (humanistas, filósofos, teólogos, matemáticos, historiadores y poetas), el marqués de Mancera atestiguó que no podía creer lo que vio, y que ella "se defendía como lo haría un galeón de esquifes" (o algo así).

Podría seguir lanzando datos así, indiscriminadamente y sin estricta cronología, poner una lista de sus obras o de los temas recurrentes en su obra. Podría hablar de sor Filotea de la Cruz (el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz), y de la carta a ésta o de la controversia con el padre Antonio Vieira, o de cómo sor Juana Inés se refería a su protectora como "divina Lisi", de cómo fue acusada de soberbia y obligada a deshacerse de sus pertencias (libros y libros), de cómo cuidaba a los enfermos de la epidemia y su posterior contagio y muerte.

Podría decir muchas cosas, hace nueve años, creo, di una conferencia sobre su vida en el centro de convenciones de Minatitlán, pero muchos de los datos y fechas se revuelven en mi memoria, cuando no han sido ya del todo borrados por el tiempo. Sin embargo no creo poder transmitir el gusto por leerla. Este blog siempre ha rendido homenaje a sor Juana, desde el principio: en sus últimos documentos, a su rúbrica añadía la leyenda "Yo, la peor de todas", la cual he usado para firmar cada entrada.

Para conmemorar a sor Juana, en México cada 12 de noviembre se celebra el día del libro.
Celebremos pues, a sor Juana. Feliz día del libro.